El gigante asiático expresó sus argumentos durante el Seminario sobre Gestión y Tecnología Agrícola para Perú, evento a cargo del Ministerio de Agricultura y Asuntos Rurales de China y en el cual participó este diario.
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Las fortalezas en el mapa nacional
Wang Xiaoyue, viceinvestigadora de la Academia de Ciencias Agrícolas y Forestales de Beijing, enfatizó que la costa desértica de Perú posee abundante luz solar y una gran diferencia de temperatura entre el día y la noche, lo cual es “muy ventajoso” para que la uva obtenga un excelente sabor.
El calor también permite una maduración temprana; con ello, los niveles de producción alcanzan hasta 45 toneladas por hectárea, una cifra que representa el doble de la producción de China.
Además, en regiones como Ica y Lima, los suelos son arenosos y cuentan con un drenaje que facilita el manejo del cultivo. Y, si bien ambas zonas se mantienen como el pilar de la exportación, la vocera destacó que la altitud y la fuerte radiación ultravioleta del sur (en Arequipa y Tacna) favorecen a las uvas rojas: les da una estructura rica en taninos.
Este escenario alienta la producción de vinos de alta gama, sobre todo con las variedades Malbec, Syrah y Torontel.
Asimismo, una fortaleza medular en la sierra es el acceso al agua proveniente de los glaciares de los Andes: es pura y rica en minerales.
Sumado a ello, la temporada de cosecha en Perú coincide con el invierno y la primavera del hemisferio norte, lo que permite abastecer el mercado cuando no hay producción propia. En esa línea, las uvas peruanas cumplen con estrictos estándares internacionales, un requisito para su posicionamiento.
“Creemos que podemos relatar una historia de marca única de las uvas de Perú; por ejemplo, con marcas etiquetadas con la altitud del Perú o con el sol de los Andes”, comentó Xiaoyue. En suma, “profundizar la comprensión del terruño”.

Wang subrayó que Perú cuenta con condiciones agrícolas oportunas tanto en la costa como en la sierra. (Foto: Camila Vera)
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La revolución: el manejo integral
Pero las ventajas naturales son solo el punto de partida, la verdadera “revolución” es la transición de una agricultura tradicional a una agricultura de precisión, aseguró Xiaoyue. ¿De qué se trata?
Para empezar, la fertilización, además de basarse en “la experiencia de los campesinos”, debe regirse bajo un análisis científico de los componentes del suelo. Es decir, debe emplearse una combinación exacta de nitrógeno, fósforo, potasio y microelementos, según la necesidad detectada.
Intervenir la planta desde sus primeros años con el objetivo de darle una estructura permanente es, para la vocera, el paso más decisivo: cuidar hacia dónde crecerán las ramas, qué ramas conservar, cuáles eliminar y cómo distribuir la planta sobre la estructura de soporte. Esto garantiza una arquitectura ordenada durante toda su vida productiva.
En ese contexto, en lugar de depender solo de químicos, promueve el uso de depredadores naturales contra la araña roja, por ejemplo, y de plántulas certificadas antivirus para el control de enfermedades.
Xiaoyue incluyó en su explicación tanto a la poda de verano como a la poda de invierno. “La poda de invierno establece la estructura y define el número de ramas fructíferas para el próximo año”, mencionó.
En cambio, la poda de verano busca manejar el crecimiento de la planta durante la campaña, de tal manera que se controle el exceso de crecimiento vegetativo, se mejore la ventilación del viñedo y permita una mayor entrada de luz hacia las hojas y racimos.
La poda, por tanto, no es una labor de mantenimiento: es una herramienta para dirigir la energía de la planta hacia una producción más eficiente.
Por último, con la finalidad de que la uva llegue en condiciones óptimas a mercados lejanos como China, se deben fortalecer los procesos de preenfriamiento, las clasificación automatizada y una logística de cadena de frío rigurosa para extender la vida útil del producto.

Las claves que China propone para que la uva peruana mantenga su liderazgo. (Foto: Pexels)
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El diálogo con la agricultura inteligente
En resumen, la “nueva revolución” que plantea China para la uva no pasa necesariamente por ampliar la frontera agrícola ni por incorporar nuevas variedades: está más relacionada con producir mejor.
La agricultura inteligente propone justamente eso, expresó por su parte Li Qifeng, investigador de Ciencias Agrícolas y Forestales de Beijing, en otra intervención: utilizar monitoreo en tiempo real, automatización, maquinaria de precisión y análisis de datos para optimizar cada decisión en el campo y elevar la eficiencia sin incrementar el uso de recursos.
En la práctica, eso significa que un viñedo podría regarse no por calendario, sino cuando los sensores detecten que la planta realmente lo necesita. Los fertilizantes dejarían de aplicarse de manera uniforme y pasarían a dosificarse según las condiciones específicas del suelo y del cultivo. Incluso labores como el control de plagas o la pulverización podrían ejecutarse con equipos capaces de identificar qué zonas del viñedo requieren tratamiento y cuáles no.
En el fondo, la propuesta china busca que el viñedo deje de “reaccionar” y empiece a anticiparse.

