En un artículo publicado en Cambio (16 de febrero de 1989), el candidato presidencial Alfonso López Chau define a Víctor Polay como “luchador social” y “luchador político”. Lo que ni Polay ni López Chau entienden, es que ir a la lucha armada contra una democracia plena en 1980 no es comparable a rebelarse contra dictaduras (Sánchez Cerro, Benavides, Odría) y pedir elecciones, como hizo Haya. Pero el problema no es solo que López Chau haya simpatizado con Polay en 1989. El problema es que aún piensa como un izquierdista de los 80. Basta ver su respuesta a las críticas desde X. “En los 80, mientras el terrorismo buscaba destruir la democracia, nosotros combatíamos sus causas desde las instituciones”, tuiteó López Chau. ¿Cuáles son esas causas? Habría que preguntarle al candidato. ¿O acaso justifica la aparición del terrorismo como consecuencia de las diferencias sociales, económicas y étnicas en el Perú? Porque ese es el discurso de la izquierda: argumentar que el terrorismo fue una respuesta a la pobreza estructural y al racismo histórico (“la piel más temida”). Teorías ya desmentidas (leer a Tanaka sobre la CVR) y que ‘olvidan’ que Abimael despreciaba lo indígena y superponía su ideología ‘científica’ a la religiosidad andina. Ni Sendero ni el MRTA pretendieron una reivindicación étnica ni volver a un mito del Inkarri. Pero la izquierda insiste en argumentos raciales y económicos para soslayar el factor ideológico y su propia responsabilidad en la vesania terrorista. Porque los subversivos no fueron “compañeros equivocados” que tomaron “caminos diferentes” como insinúa López Chau en su artículo sobre Polay. Los terroristas fueron comunistas consecuentes que, a diferencia de sus camaradas, se atrevieron a llevar la teoría marxista a la praxis.
