Ciudades de amor

Con motivo del Día de San Valentín, muchas personas han comprado flores, chocolates y otros obsequios para sus parejas y amigos. Se celebra el quererse, se celebra la amistad, se celebra la alegría. Hay abrazos, mensajes, promesas. Hay gestos, grandes y pequeños, que buscan recordarnos que amar es una decisión cotidiana.

Pero si hacemos ese símil con nuestras ciudades, ¿cómo sería? ¿Podemos celebrarlas desde el amor? ¿Podemos querer a nuestra ciudad tanto como para defenderla? ¿Podemos cuidarla, consentirla y agradecerle por lo que nos da?

Nuestra relación con la ciudad es compleja. A veces contradictoria. En muchos casos está herida. La ciudad nos duele: el tráfico interminable, la inseguridad, la contaminación, la falta de espacios públicos de calidad, los servicios que no funcionan. Nos frustra. Nos agota. Nos indigna.

Pero del otro lado de la ecuación también estamos nosotros. Si vamos a la playa y dejamos la basura tirada. Si no pagamos impuestos. Si nos saltamos las reglas de tránsito. Si ocupamos la vereda sin pensar en quién camina. Si no respetamos al otro en el espacio público. Si miramos hacia otro lado cuando vemos una injusticia cotidiana. ¿Qué tipo de vínculo estamos construyendo con el lugar que habitamos?

Hace poco conversaba con alguien que me decía que quería que un grupo de la población “los quiera”. Hablábamos sobre qué significa realmente querer. Y una reflexión que surgió fue que, quizá, antes de pedir que los quieran, primero tienen que perdonarlos. Reconocer nuestras faltas. Asumir nuestras responsabilidades. Tal vez solo desde ahí podamos querernos y querer plenamente.

Sin embargo, los peruanos sí sabemos expresar amor. Lo vemos en el orgullo por nuestra gastronomía. En la pasión con la que los hinchas celebran los triunfos de su equipo (o lloran sus fracasos). En la emoción con la que admiramos la diversidad de nuestro territorio. En la solidaridad que emerge cada vez que hay una emergencia. En la resiliencia que, incluso en contextos políticos complejos, siempre termina apareciendo.

Hay amor en nosotros, lo que falta es dirigirlo con más intención hacia el espacio que compartimos. Amar una ciudad no es idealizarla, no es negar sus problemas. Es comprometerse con su mejora. Es pagar lo que corresponde, exigir transparencia, participar, respetar, cuidar lo común. Es entender que el espacio público no es “de nadie”, sino de todos, y que lo que hacemos —o dejamos de hacer— impacta directamente en la calidad de vida colectiva.

Quizá podamos preguntarnos qué gesto concreto de amor podemos tener con nuestra ciudad: recoger un papel que no es nuestro, respetar un cruce peatonal, apoyar una iniciativa barrial, participar en una consulta pública, sembrar un árbol, cumplir con nuestras obligaciones.

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