La máquina de la trivialización

Según la encuesta Lo positivo y lo negativo de 2025 de Ipsos, un 36% de peruanos considera a José Jerí como la personalidad pública positiva más importante del país, solo detrás del papa León XIV (39%). A ello se suma que Datum Internacional ha medido la aprobación presidencial en 55% —aunque con una ligera caída de tres puntos respecto a noviembre, sigue siendo un nivel alto—. En este contexto, resulta inevitable plantear una pregunta incómoda: ¿a muy pocos les importó la denuncia de violación que tuvo el hoy presidente?

Conviene ser claro desde el inicio. No se trata de discutir la decisión judicial: todos están al tanto de que la denuncia fue archivada por la Fiscalía Suprema de Familia por insuficiencia probatoria. Lo que sí corresponde discutir es el tratamiento público, mediático y cultural del caso. Más allá del archivo, el tema fue abordado con ligereza por varios periodistas en entrevistas posteriores, desplazándose rápidamente hacia aspectos triviales de la vida personal del presidente: su vida amorosa, sus gustos, incluso sus intereses sexuales.  

¿En qué punto una denuncia de violación deja de ser motivo de preocupación para convertirse en simple curiosidad banal? ¿Qué dice eso del lugar que ocupa el dolor de una presunta víctima en la conversación pública?

El ecosistema digital hizo lo suyo. Varios analistas han señalado que el Gobierno tuvo “suerte” con la irrupción de Martín Palacios, el tiktoker cuyo parecido con Jerí se convirtió en fenómeno viral. Algunos hasta sospechan que fue planeado que Palacios saliera vestido como presidente bailando de forma sexual “La máquina”. No es novedad que un influencer capitalice una oportunidad sin mucho cuestionamiento ético, pero hay que entender su efecto: el humor, el meme y el baile han logrado trivializar una vez más la conversación. Se ha desplazado cualquier reflexión incómoda hacia la risa fácil. La política se vuelve coreografía y la denuncia, un ruido de fondo. Casi parece un chiste de Jorge Luna y Ricardo Mendoza.

La televisión amplificó esa lógica. Programas de América Televisión —Esto es Guerra, América Hoy, Mande quien mande— y otros espacios como Amor y Fuego llevaron al tiktoker a sus sets para bailar, bromear y repetir el chiste hasta el cansancio. La sororidad, la empatía o la mínima coherencia ética parecen activarse solo cuando conviene al guion. Luego, algunas de estas mismas figuras reclaman indignación ciudadana frente a la criminalidad o la violencia, como si no hubiera contradicción alguna.

Las marcas no se quedaron atrás. Negocios y empresas se sumaron a la tendencia, replicando el baile o invitando al personaje para sus redes sociales. No hubo evaluación ética ni contexto: solo la urgencia de ser visibles. Así opera hoy buena parte de la comunicación: subirse a la ola sin preguntarse qué se arrastra debajo.

Esta trivialización y el tono de “show” no se detienen. Hoy continúan cuando la comunicación oficial del Gobierno adopta como lema institucional para 2026 “Perú a toda máquina”, dispuesto por resolución ministerial para todas las entidades del Estado, con el argumento de transmitir una acción constante frente a la delincuencia. Pareciera que en este Gobierno solo importara la estrategia de comunicación, la cual no tiene límites ni éticos ni de seriedad ni de buen gusto.  

Si ya desplazamos una discusión delicada como la de una denuncia de violación sexual —que debería conmover y provocar reflexiones serias sobre violencia, poder y sororidad— hacia conversaciones sobre gustos personales o chistes virales, qué espacios quedan para tratar otros temas graves como el combate a la criminalidad con la preocupación, reflexión y análisis que exigen miles de víctimas y familias peruanas. No anima iniciar así un nuevo año, pero parece que no a muchos le importa.  

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