Joaquín Rey: Venezuela un mes después

Esta semana se cumplió el primer mes desde aquel 3 de enero que asombró al mundo y cambió la historia de Venezuela. El eco de las explosiones de aquel día sigue marcando la vida cotidiana de la capital venezolana. La tensa espera por nuevos desarrollos se da en un clima que combina la esperanza de un cambio real y permanente con la ansiedad y temor cotidianos.

Aunque la caída de Maduro abrió una oportunidad inédita para reconstruir instituciones, recuperar derechos y transitar a un sistema democrático, crece la preocupación de que el escenario actual se torne en una pausa prolongada sin movimientos en la dirección necesaria para una democratización.

Tras la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, el Tribunal Supremo declaró la “ausencia forzada” del mandatario, una figura inédita en el orden constitucional venezolano. Delcy Rodríguez asumió entonces la presidencia interina y avanzó rápidamente en la reconfiguración del poder político y militar con decenas de cambios en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

Las primeras semanas dejaron señales contradictorias. En el lado positivo, lo más relevante fue la liberación de cientos de presos políticos, lo que marca el fin del principal mecanismo de coerción utilizado por la dictadura. Aunque muchos presos permanecen recluidos, lo logrado es un avance que hace solo unas semanas parecía lejanísimo. De otro lado, ciertos desarrollos económicos también han alimentado la esperanza. Los precios de algunos alimentos básicos han bajado y, en el plano macroeconómico, el valor de bonos venezolanos subió en casi 25%, lo que refleja la mayor confianza en el futuro de la economía del país.

Sin embargo, persisten restricciones migratorias, deportaciones desde Estados Unidos y un clima de desconfianza entre ciudadanos que temen que los mecanismos de control sigan operando, pero ahora bajo nuevas formas quizás menos evidentes.

La reapertura de la Embajada de Estados Unidos en Caracas y el restablecimiento del canal diplomático marcaron un giro relevante. Washington habla de estabilización, recuperación y reconciliación, mientras el gobierno interino promete respeto al derecho internacional. Aun así, el alcance real de estos compromisos sigue siendo difuso. Y quizás lo más preocupante es que la posibilidad de nuevas elecciones para definir a un sucesor que lidere la transición democrática no está siquiera en debate. Este sería el elemento decisivo para poner fin a una administración llegada al poder tras un evidente fraude.  

Según la Constitución venezolana, ante una “falta absoluta” del presidente se debe convocar a comicios en breve plazo, pero las autoridades judiciales interpretan la ausencia de Maduro como “temporal”. Evidentemente, mientras la convocatoria a elecciones dependa de quienes hoy detentan el poder, no habrá incentivos para que estas se den. Y las prioridades de Estados Unidos están hoy más centradas en los aspectos económicos y la reactivación de la industria petrolera que en la transición a un régimen democrático. A ello se suma la descalificación que el presidente Trump hizo de María Corina Machado, quien a todas luces sería la más legítima carta para liderar una transición.

Otro elemento que genera incertidumbre es la continuidad del control político de las fuerzas armadas, que han sido el sostén del régimen a lo largo de años. Aunque se han dado ya cambios en liderazgos clave, la lealtad de las instituciones castrenses a la cúpula del poder se mantiene vigente.

Dicho esto, es innegable que el escenario de hoy es más cercano a una transición que el que se tenía hasta fines del año pasado. Lo fundamental será dar pasos, aunque sea pequeños, en la dirección correcta. La siguiente acción lógica sería culminar con la liberación total e incondicional de los presos políticos, así como el desmontaje efectivo del aparato represivo.

Un mes después, Venezuela avanza, pero sin certezas. La promesa de cambio convive con la lentitud, el temor y las contradicciones. La pregunta central sigue abierta: si este proceso conducirá finalmente a la democracia o si el país quedará atrapado, una vez más, en una transición sin final claro.

 

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