La promesa del horóscopo es adorable: ofrecer orden cósmico para una vida caótica.
Ese es el encanto del horóscopo occidental, el que mide el destino en meses y apuesta a que todo depende de la alineación planetaria del día en que tu madre te parió. Doce signos, doce personalidades. Te explica el carácter, el drama, la intensidad y la incapacidad para comprometerte. Te hablo a ti, Géminis.
Es un horóscopo perdonavidas: no soy yo, es mi signo. Y siempre es Mercurio retrógrado el responsable de que haya reaparecido esa ex.
Existe también el horóscopo chino. Este mide el karma en años y asigna animales que Occidente ha estigmatizado reputacionalmente: la rata, el chancho, la serpiente. Nos desnuda como zoológico ansioso y nos clasifica según el año en que nacimos. No eres intenso, eres Tigre. No eres tímida, eres Conejo.
La diferencia es sustantiva: el horóscopo occidental quiere comprenderte y absolverte; el chino quiere administrarte y advertirte. A veces no te conviene ser quien crees que eres.
La llegada del Año Nuevo chino en febrero —toca esta vez el año del Caballo— ha sido una de las múltiples coartadas falsas del eléctrico presidente Jerí, electrocutado por chifero. Qué más oportuno que someter al vaticinio oriental a algunos protagonistas de las próximas elecciones.
Podría recurrirse a otros sistemas de predicción, como la polémica anomancia, disciplina solo para valientes que pretende adivinar futuro y personalidad leyendo pliegues, arrugas y hoyuelos del ano. Por razones prácticas, estéticas e higiénicas, mejor quedarnos en el horóscopo chino.
Supe de él hace años cuando estaba en Caretas. El poeta Rodolfo Hinostroza era entonces columnista astrológico, otra forma de hacer poesía. Había desarrollado Astrolab, un sistema computarizado de pronósticos cósmicos: máquinas tipo cajero automático que imprimían tu carta astral previo pago módico. Mientras él hablaba de los astros, su esposa, Ingrid Sipkes—holandesa, fina y encantadora—, defendía la versión oriental. Había algo más interesante en decir “soy Buey” que “soy Libra”.
Ingrid se entusiasmó al descubrir que yo era Dragón, único animal imaginario del horóscopo chino, y me prestó un libro que conservo en calidad de préstamo desde hace tres décadas, lo cual ya debe tipificar como hurto agravado: Chinese horoscopes, Paula Delsol (1973). Ese libro dejó sembrada una costumbre: entender mejor a la gente por los animales que son y no por las personas que creen ser. Ingrid, si lees esto: ya es hora. Dime dónde lo envío.
EL TIGRE JERÍ
El presidente Jerí es Tigre de Fuego: impulso, ego, épica personal y gusto por el riesgo. Tiene una necesidad constante de afirmación pública (exgordo, ya se dijo), lo que explica su dificultad para aceptar límites, consejos y silencios. El Tigre ruge de día y conspira de noche, como lo ha demostrado bajo capucha.
El problema es que el Tigre y el Caballo compiten por protagonismo. Ambos quieren liderar la estampida, pero solo uno lleva las riendas. El Caballo acelera procesos; el Tigre exagera su fuerza; el Fuego duplica los egos. Resultado: velocidad, pero sin frenos.
En el año del Caballo, el Tigre confundirá audacia con impunidad. El Caballo premia la acción, pero castiga el desorden. Adolfo López Chau también comparte este signo bajo la misma variante del metal. Es un signo de alto orgullo y baja tolerancia al revés. Esto los hace torpes frente a climas volátiles, peor cuando este será el año de la rendición de cuentas para los tigres. Para Jerí se manifestará en un sendero de calzones que llevan a palacio; para López Chau, bajo un enjuague de negociaciones en la UNI. Versión galleta de la fortuna: “Quien corre sin mirar atrás termina pisando sus propias huellas”.
KEIKO, LA CONEJA
Keiko Fujimori es Conejo de Madera: diplomacia, cautela y habilidad para moverse sin hacer ruido. Ninja peso wélter. El Conejo no embiste: espera, calcula y sobrevive. Salvo indicación de asesores, no ruge. Por eso, hoy se hunde de la mano de Jerí como en modosas arenas movedizas.
El Caballo y el Conejo no son enemigos, pero hablan idiomas distintos. El primero irrumpe; el segundo mide cada paso. Para el Conejo este será un año incómodo aunque no terminal. El riesgo es quedar opacado por el vértigo y parecer tibio: parecer una Hello Kitty en vez de una Bad Bunny. Su error sería correr como Caballo. Esto diría su galletita: “Cuando el Caballo desata el caos, el Conejo no huye: ya no está ahí”.
NO ERA CHANCHO, ERA RATA
Rafael López Aliaga es Rata de Metal: cálculo frío, desconfianza estratégica y pragmatismo. La Rata no lidera estampidas: las sobrevive.
La Rata y el Caballo no se entienden. Mientras el Caballo corre a vista de todos, la Rata ya estuvo, sacó ventaja y se fue. Su riesgo este año es que la urgencia deje al descubierto su cálculo. No dominará el año, pero lo administrará desde una esquina.
VATICINIO Y FACTOR SHIRLEY ARICA
En el Año del Caballo no ganará el más virtuoso, sino el que se equivoque menos bajo presión.
La Rata sobrevivirá al caos sin conquistar corazones. El Conejo apelará a la moderación en tiempos que desprecian la moderación: está en extinción.
La estampida hará que los errores pesen más que las virtudes. No ganará el más noble, sino el que sepa ponerse a buen recaudo del caballo chúcaro y del cedulón tipo sábana.
No se puede decir más. La ética profesional impide adelantar el dictamen final de este horóscopo electoral signado por el empuje de un Caballo desbocado. Además, en el Perú el futuro no se predice, se improvisa. A esto se suma una contingencia que exige dejar de lado estas chinerías y atender temas más terrenales.
Un colega vinculado a la farándula propone practicarle una sesión de anomancia de cortesía a la destacada influencer Shirley Arica. No sé nada de esa disciplina, pero preguntando se llega a Roma. La vergüenza duda un instante; la duda, toda la vida.
