La biblioteca de Alfredo Barnechea —dos pisos colmados de libros— demuestra que lo solemne y lo moderno no son palabras contradictorias. Diseñada con un refinado gusto contemporáneo —pasillos de acero y madera blanca—, está impregnada, a su vez, de una suerte de aire monástico, un espíritu de convento que invita a la lectura, a la reflexión, a rendirse al conocimiento. No sorprende en absoluto, pues, que este sea el espacio de su residencia donde Barnechea pasa la mayor parte del tiempo, ya sea disfrutando de la ficción en todas sus formas, pero, sobre todo, interpelando a la historia. Esta semana, tras recibir la noticia de su desafuero electoral y luego de lanzar amenazas a los miembros del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), y tras ello, desamenazarlos y pedir disculpas en cuanto programa quisiera invitarlo, el ahora excandidato presidencial decidió refugiarse en la hospitalidad de su biblioteca, donde —que se sepa— el JNE carece de jurisdicción.
Una de esas tardes —para ser exactos, la tarde del miércoles pasado— Barnechea estaba hojeando unos poemas de Machado. La poesía era lo mejor para ahuyentar el recuerdo de la injusticia que habían cometido contra él. Pero, de alguna u otra manera, los pensamientos electorales le llegaban de golpe y lo atacaban con la vehemencia de un grupo de cuervos hambrientos. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, había dicho el vate sevillano y Barnechea pensó que era una revelación y, para sus adentros, reformuló la frase: “Político, no hay partido, se hace partido al postular”. Ya estaba imaginando que, ahora que el histórico “Acción Popular” pasará, en el sentido menos esperanzador, a la historia, su destino era fundar su propio movimiento político cuando el timbre, que anunciaba la llegada de un visitante, lo distrae. Dos minutos después, le avisaron que habían venido a buscarlo. Al conocer la identidad del recién llegado, alzó sus hombros. “Quizá sea otra señal”, pensó.
Barnechea llegó a la sala y encontró al visitante, solo, de espaldas, contemplando un cuadro de Szyslo. Era verdad lo que le habían anunciado. Ahí estaba, como si nada, Víctor Andrés García Belaunde. Después de haberle endilgado la responsabilidad del descalabro del partido, había venido a verlo. La pregunta era: “¿Para qué?”.
—Vitocho.
García Belaunde giró sobre sus pies y, sin estirar el brazo, le devolvió el saludo.
—Me imagino que estarás sorprendido por mi visita.
Barnechea le iba a decir que sí, pero se contuvo. No quería concederle ni eso.
—La verdad es que no tanto —luego dio una rápida mirada al vacío, como si estuviera buscando algo en el aire, y continuó—. ¿Sabes a qué me recuerda esto? En 1962, luego de la primera vuelta, Belaunde fue a ver a Haya. Cuentan que Belaunde, siempre tan formal y ceremonioso, le dijo: “He venido porque tenemos una cita con la historia y debes conversar por el bien mayor que es el bienestar del Perú”. A lo que Haya, más campechano, le respondió: “Ya pues, Fernando. Déjese de cojudeces y cuénteme, ¿cómo anda la familia?”.
García Belaunde sonrió y alzó las cejas.
—Ese fue un gran encuentro. Y en este caso, ¿quién serías tú? ¿Haya?
—¿Yo Haya?
—Claro, por tu pasado aprista. ¿No vas a pretender ser Belaunde? Belaunde sería yo. Soy yo. Yo me apellido Belaunde. No te olvides.
—Ahora que hablamos del arquitecto, ¿sabías que dos tercios de la energía hidroeléctrica fueron posibles gracias a Belaunde? ¿Sabías que Belaunde…?
—Ya pues, Alfredo. A mí no me vas a hablar de Belaunde.
—Parece que estás muy sensible, Vitocho. Pero esto me hace acordar una cosa muy interesante. El otro día, almorzando con mi amigo el expresidente español Felipe González, me dijo que…
—Alfredo, me vas a disculpar, pero no he venido a hablar de tus amigos.
—Interesante que te expreses así. Una vez Octavio Paz me dio un sabio consejo. Me dijo que…
—Alfredo, en serio, vayamos al grano.
Barnechea mostró un gesto de incomodidad. ¿Para esto lo habían sacado de los brazos de la poesía?
—Está bien, vamos al grano. ¿Se puede saber para qué has venido?
—Vengo de conversar con Julio Chávez.
—¿Quién es ese?
—Chávez es el presidente del partido.
—Ah, ya, el tipejo ese que me acusó de fraude.
—Mira, Alfredo, tenemos que dejar atrás todo lo que pasó. Es tiempo de juntarnos o el barco se nos hunde sin remedio.
—¿Y qué has acordado con Chávez?
—Vamos a presentar una plancha única. Creemos que si hacemos eso hay una posibilidad de que nos perdonen y el partido pueda participar.
—¿Una plancha unida de los tres?
—Eso mismo. Chávez ya aceptó ir como el segundo vicepresidente. Ahora solo falta definir quién será el candidato presidencial.
—Entiendo. Has venido a pedirme que lidere la plancha.
—No, he venido a pedirte que seas mi vicepresidente.
Barnechea hizo un puchero y los pliegues de su rostro se acentuaron todavía más. Dejó escapar una sonrisa mientras movía la cabeza a los lados.
—En resumen, has venido a decirme que vas a ser el candidato y que te apoye.
—A mí no, al partido. Lo hago por el partido. Puede ser la única forma de salvarnos.
—Entiendo lo de la plancha única, pero el candidato debería ser yo. Si no fuera por mí, “Acción Popular” ya habría desaparecido. Tú mismo deberías ser más agradecido.
—¿Agradecido? ¿Qué te voy a agradecer? ¿Que le diste vida al partido para que entren todos los ‘niños’ que entraron?
—Ahora resulta que esos mafiosos entraron por mi culpa.
García Belaunde contuvo una respuesta y alzó ambas manos, como pidiendo una tregua.
—Yo no he venido a discutir, Alfredo. Yo solo quiero lo mejor para el partido y, en serio, creo que esto es lo mejor. Hagamos algo. Piénsalo con calma y al final del día me llamas.
—Es que no hay nada que pensar.
—Tú piénsalo nomás y luego me cuentas.
Luego de despedirse, Barnechea, con pasos lentos, pausados, regresó a la biblioteca. Se arrellanó en la silla y dirigió sus ojos hacia una de las paredes llenas de libros, pero no se detuvo en ninguno en particular. En realidad, su mirada era interior. “¿Cómo se le puede ocurrir a Vitocho que voy a cederle mi lugar?”, pensó, “la verdad yo lo hacía más avispado”. Entonces, de pronto, resonaron en su mente las palabras del caminante y del camino, y junto con ellas la idea del partido propio. Enseguida, recordó lo que un militante acciopopulista —uno de sus barnechéveres más entusiastas— le había comentado alguna vez: “Maestro, se necesitan más de medio millón de firmas para inscribir un partido. Y para eso se necesita una millonada de plata”. Barnechea dio un largo y profundo suspiro. Luego, con el rostro pétreo, como si estuviera modelando para un busto, reflexionó: “Ni hablar. Prefiero mis lecturas, mis libros, mi biblioteca. Después de todo, ¿qué sabía Machado de política peruana?”.
El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!
