Un chico, licenciado por una de nuestras principales universidades, me dijo hace poco que estaba leyendo “clásicos” y mostró una novela peruana publicada hace dos años. No había ironía en su juicio. Este profesional ignoraba con total inocencia qué es un clásico. El hecho es significativo. En la educación secundaria y superior, cada vez se cultiva más la separación del Perú de la cultura occidental y de su milenario pasado. Desde la derecha, por simple desidia y culpable negligencia; desde la izquierda, en aras de la defensa de las culturas originarias y con un discurso anticolonialista. Ni Mariátegui ni Vallejo habrían aprobado esta automutilación en nombre de un nacionalismo que nos empobrece. Ambos conocían y necesitaban las obras canónicas de Occidente.
Cuando alguien habla de la literatura clásica, por lo general se refiere a la greco-latina, cuya variedad abarca el mundo. Desde la épica de Homero hasta la obscena alegría de Aristófanes, desde la íntima delicadeza de Safo y la lucidez trágica de Sófocles, hasta, varios siglos después, la poesía erótica de Catulo y la elocuente autoridad de Cicerón. Más tarde se incorporó en el universo de los clásicos a unos pocos autores del Medioevo y el Renacimiento: Dante, Shakespeare, Montaigne, Cervantes, Rabelais. Y finalmente apareció la idea del clásico moderno para incluir a autores del siglo XIX como Tolstói, cuyas obras prometían una inmortalidad segura. Pero incluso a Tolstói le negó el Nobel la Academia sueca, urgida, ayer como hoy, por ideologías mezquinas.
Como en general un clásico requiere la prueba del tiempo, donde siglos de tercos lectores (no académicos) confirman su vigencia, resulta contradictoria la idea de un clásico contemporáneo. Sin embargo, hemos concedido ese reconocimiento a unos pocos autores, como Joyce, Faulkner, Kafka o Proust. Renunciar a ese patrimonio y limitarse a lo que se produce hoy y que será olvidado mañana no parece muy prudente. Renunciar a esa riqueza en aras de un nacionalismo indigenista es castrante, pues poetas como Blanca Varela nos muestran cuán necesario fue para ellos el arte soñado por Europa. ¿Vargas Llosa habría podido diseñar sus novelas sin Faulkner ni Flaubert? ¿Sería imaginable Vallejo sin la poesía de vanguardia? Como latinoamericanos, decía Borges, nuestro patrimonio es universal, y su lectura solo está limitada por la creatividad de nuestra imaginación.
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