Perú a toda máquina, ¿pero qué máquina?

Mientras el presidente Jerí incorpora un eslogan bien huachafo a sus políticas de Estado, el crimen campea y la campaña electoral arranca con la inquietante sensación de que la clase política está estancada. Con lo cual quiero decir, contaminada con personajes impresentables, moralmente deformes e intelectualmente infradotados postulando a cargos públicos que difícilmente honrarán. No sorprendería que ellos obtengan más votos que los candidatos honrados, decentes y capaces. Definitivamente, algo anda muy mal si eso es lo mejor que nos puede ofrecer ese enjambre de pseudopartidos nacidos de intereses particulares y agendas personales. Peor aún si los partidos históricos, que deberían sentar los estándares mínimos del quehacer político del país, caen víctimas de malas prácticas y luchas intestinas.

En ese contexto, cabe preguntarse si 2026 será un buen año. La paradoja del Perú es que nunca se sabe. A pesar de su gran potencial, el pronóstico siempre es incierto. Somos un país bendecido por la naturaleza, con una geografía espectacular, climas para todos los gustos, culturas milenarias y abundantes riquezas. Ahí están el mar peruano, las tierras fértiles, los minerales que el mundo necesita, la biodiversidad que muchos quisieran, un talento humano que brilla por el mundo y una economía a prueba de golpes de Estado. Es decir, lo tenemos todo para prosperar. Entonces, ¿por qué nunca terminamos de despegar?

Mucho se ha dicho de la crisis de institucionalidad y eso es cierto para los tres poderes del Estado, el Ministerio Público e instituciones claves como la Policía, Contraloría, superintendencias, empresas estatales y, especialmente, los partidos políticos. Por eso, muchos proponemos reformas. El problema es que pocas abordan el factor humano: si las personas son culturalmente proclives a taras sociales incubadas en pseudopartidos, como la corrupción, el clientelismo y la inoperancia, entonces poco se puede esperar de las instituciones. Necesitamos imponer la cultura de la meritocracia y la excelencia, poniendo a cargo a los más capaces e inteligentes, y rechazando la insanía woke de forzar la diversidad, igualdad e inclusión mal entendidas por encima del buen desempeño. Este país no solo requiere mano dura, sino alguien que ponga orden, disciplina y eficiencia.

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