“No soy caviar porque no me alcanza el sueldo”, les digo a mis amigos para arrancarles una sonrisa cada vez que en alguna conversación se asoma el endiablado adjetivo, y aunque la mayoría celebra la broma, tengo la sospecha de que varios de ellos se quedan en el limbo, intrigados, tratando de entender lo que les quiero decir. Como si yo lo supiera. Y esto viene a cuento por lo que me ocurrió hace algunos días en una reunión a la que acudí, para ser sincero, más que nada por compromiso. El anfitrión, a quién llamaré Luciano, es un conocido periodista y, desde hace algunos años, organiza una reunión los primeros sábados de diciembre. Nunca me lo ha dicho, pero creo que quiere que su evento sea una especie de marca, de referencia para el inicio de la época navideña. Y al parecer, al menos en el grupo que acude sin falta a la cita, lo ha conseguido.
Como dije, fui con las luces apagadas, con las mismas ganas que tiene un niño —y yo— de ir al dentista. Además, estaba cansado. Todo el día había estado batallando con un texto que alguien más razonable ya habría abandonado hace tiempo. Y es que cuando una idea no fluye, pues, no fluye. Entonces, sin mucho ánimo y con el mal sabor de haber sido abandonado por completo por las musas, estuve deambulando sin rumbo por la reunión, como un madero perdido en alta mar. Apareció entonces una figura femenina a rescatarme. Su nombre era Ash y su improbable país de origen era Nepal. Sí, Nepal. Claro, cuando la conocí no lo sabía, aunque sí pude notar que su español sonaba algo extraño.
Nos conocimos porque los dos salimos al jardín al mismo tiempo. Yo, en busca de aire fresco y ella, según me contó después, atraída por una llamativa planta que el dueño de casa había traído no sé de dónde. Nos presentamos y apenas dijo “Nepal”, le consulté sobre las recientes protestas que sacudieron su país. Sin embargo, ni bien terminé de hacerle la pregunta, me dio una mirada evasiva y comprendí que el tema le resultaba incómodo. Me disculpé enseguida, pero ella me dijo que no me preocupara. “Fue terrible. Murieron muchísimas personas. El gobierno cayó, pero eso no ha resuelto ninguno de los problemas que tenemos”, me explicó mientras tocaba las hojas rojas de la planta. Evité entonces hablarle de política y, en cambio, la acribillé con interrogantes sobre su cultura. En segundos, mi ánimo cambió. Y es que encontrarla había sido como hallar un libro desconocido entre un mar de obras ya leídas y reseñadas. No sé si fue la cara de náufrago que yo tenía, mi figura apachurrable o mi genuina curiosidad, pero era evidente que le había caído en gracia.
Aquí, por supuesto, viene la parte problemática. De golpe, como expulsado de la sala, apareció un amigo, medio político y medio periodista, a quien llamaré Rolando. Por lo general, Rolando es una persona amable, de buen talante, pero cuando su cuerpo se nutre en exceso de bebidas espirituosas se vuelve, por decirlo de alguna manera, menos tratable. Me abrazó y me preguntó si había visto a dónde se había metido su ex. Le dije que ni siquiera sabía que había ido a la reunión. Vio a Ash y se presentó. Como era de esperarse, le preguntó sobre su particular forma de hablar y de ahí la palabra Nepal no tardó mucho en aparecer. Los ojos de Rolando se abrieron como si Ash le hubiera dicho que venía de Marte. Y, sin pérdida de tiempo, se lanzó con: “Yo los admiro. Ustedes sí tienen una generación X”. “Generación Z”, lo corregí y Rolando: “Claro, esa generación”. “Cuéntame”, le dijo a Ash, mirándola con intensidad, como si quisiera hipnotizarla, “yo he visto las noticias y los videos que dan vueltas en las redes, pero tú de hecho tienes más detalles”. La mirada evasiva de Ash volvió a aparecer. “No le gusta hablar de eso”, le dije a Rolando con voz un poco baja, lo que resultó absurdo porque evidentemente Ash me estaba escuchando. En ese momento, Rolando, como si no me hubiera escuchado o como si no le hubiera interesado nada lo que le había dicho, le preguntó: “¿Quién jodió a tu país? ¿Los caviares? ¿Allá existen los caviares? Porque si allá existen los caviares seguro que ellos son los culpables”. Ash lo miró a él, luego a mí y hasta le dio un vistazo a la planta buscando, imagino, que alguien —o algo— le explique qué tiene que ver el caviar, la hueva de esturión ligeramente salada y curada, con la afiebrada y violenta protesta de la juventud nepalí. Ante la ausencia de la respuesta que esperaba, Rolando perdió de súbito el interés en asuntos de política internacional y enrumbó de regreso a la sala, según me dijo a la volada, porque había escuchado, clarito, la voz de su ex (dicho sea de paso, luego me enteré de que la susodicha nunca estuvo en la reunión).
En otras circunstancias, y ante otra audiencia, hubiera aprovechado la mención para hacer mi broma esa del sueldo y de ser caviar, pero hacerlo en ese momento hubiera sido absurdo. Traté entonces de darle alguna explicación. Empecé contándole que el término caviar se usa en el Perú, al menos originalmente, para señalar a una persona que no guarda coherencia entre un discurso socialmente sensible y un tren de vida frívolo y sibarita. También le dije que “caviar” ha devenido en una suerte de amasijo semántico en el que ya cuesta diferenciar los elementos que la conforman y exactamente por qué, en cada caso, alguien recibe tal epíteto. Quizá lo único que pude decirle con seguridad, o con menos inseguridad, es que, a la fecha, se ha convertido en una muletilla que suele ser más descalificadora que ideológica. Y que, dependiendo de las circunstancias, puede decir más del caviarizador que del caviarizado.
Ash debe haber pensado que le estaba jugando algún tipo de broma idiomática porque empezó a reír. Yo, para no desentonar, lancé también un par de carcajadas. Luego, ella me señaló la planta que tanto le había llamado la atención. “Se parece mucho al Ligaluras, que es típico de mi país”, me dijo, “sus flores también son de color rojo intenso”. Pensé entonces en decirle que el término “rojo” también se ha vuelto recurrente en nuestro hábitat político —o politiquero— y que se suele mezclar con “caviar”, pero que —otro enredo más— no necesariamente una cosa está ligada a la otra. Sin embargo, recordé haber leído que en Nepal los partidos imperantes son comunistas y si le contaba lo de “rojo”, le tendría que haber dicho también que “rojos” les dicen a los comunistas y no con las mejores intenciones. Así que, para evitar un lío innecesario, no lo hice. Después de todo, si Ash prefería hablar de la naturaleza y no de política no iba a ser yo quien se lo impida.
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