Más educados, menos seguros… y más enojados por Roberto Lerner

Una paradoja atraviesa una generación entera: saben más que sus padres, pero alrededor de un 25% sienten que viven peor que ellos, sobre todo alrededor de seguridad, estabilidad, horizonte.

Una encuesta de Ipsos, comentada por Perú21 el día 29 de diciembre, muestra lo que muchos sienten: alcanzaron un nivel educativo superior al de sus padres a la misma edad. Pero en relación con la situación general de vida —sobre todo la situación financiera— el balance es negativo para un porcentaje no menor.

Durante décadas, la educación fue el gran relato de movilidad social. Estudia, esfuérzate, prepárate: vivirás mejor. Era el contrato implícito entre generaciones. Hoy, se ha resquebrajado. Y cuando un contrato simbólico se rompe, el problema no es solo económico. Es psicológico.

La experiencia subjetiva es corrosiva: hacer “todo bien” y, aun así, no llegar. Más credenciales, más esfuerzo… pero menos previsibilidad, menos sensación de estar construyendo algo sólido. El futuro deja de ser promesa y se convierte en amenaza difusa.

Ocurre algo interesante —y peligroso— que va más allá del bolsillo. Cuando la frustración no encuentra una salida, busca responsables. Sin soluciones estructurales visibles, la política ofrece algo inmediato: enemigos.

Enemigos que ordenan el caos emocional, simplifican la complejidad y devuelven una sensación básica de control: “si las cosas están mal, es por culpa de tal”. Migrantes, élites, burócratas, ricos, pobres, globalistas, conservadores, progresistas: el repertorio es amplio y reciclable.

La inseguridad material alimenta la inseguridad identitaria. Cuando el esfuerzo ya no garantiza bienestar, la lógica meritocrática pierde credibilidad y el enojo ocupa su lugar. El conflicto deja de ser un medio para resolver problemas y pasa a ser un fin en sí mismo: un modo de canalizar angustia.

No se trata de ingratitud ni impaciencia. Es consciencia de que el ascensor social se desaceleró, la estabilidad ya no es la norma, estudiar sigue siendo necesario, pero ya no suficiente. Y también —aunque no siempre de manera explícita— de que alguien debe cargar con la culpa.

El problema es que el enojo no solo expresa malestar: organiza lo político. Cuando no hay un horizonte de progreso creíble, el conflicto ocupa su lugar. No como medio para corregir desigualdades, sino como sustituto del proyecto. La política deja de ofrecer futuros y pasa a administrar resentimientos.

En ese contexto, los enemigos cumplen una función precisa: ofrecen identidad en tiempos de fragilidad y permiten sentir agencia cuando el control real se ha perdido. No importa tanto vencerlos como necesitarlos. Sin ellos, el vacío vuelve a hacerse visible.

Por eso el riesgo no es solo la desigualdad ni la precariedad, sino algo más profundo: una vida colectiva sostenida por la ira, en la que la frustración generacional no se tramita con reformas, sino con antagonismos; no con promesas verificables, sino con culpables rotativos.

El desafío político central no es convencer a la gente de esforzarse más, ni señalar nuevos enemigos con mayor elocuencia. Es más difícil: reconstruir un relato de futuro que no necesite odiar a alguien para sostenerse. Porque cuando la esperanza se retira, la política no queda vacía. Y raramente la ocupan los mejores. 

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