Los intolerantes | Aníbal Quiroga León

Nuestra política ha generado muchas definiciones acerca de la expresión “caviar”. Es parte del lenguaje político cotidiano. Denota a una concepción ideológica que postulan algunas personas, con perfiles y contornos muy bien definidos.

Todas sus acepciones pueden ser válidas. Ninguna excluye a la otra. Pero quizá una buena aproximación diría que el caviar es profundamente intolerante, hipócrita y su deslealtad no conoce límites. Solo le genera empatía su propio círculo y no participa de una verdadera concepción democrática de la sociedad. Hace la finta. No comulga con que existan personas que piensen diferente y sean, al mismo tiempo, parte de una sociedad genuinamente democrática. Son, por definición, hegemonistas.

El mundo lo dividen en dos: trazan una raya —como “Los Trece de la Isla del Gallo”—: “Los malos que han cruzado la línea —ustedes— para allá; los buenos que somos la “reserva moral” —nosotros— para acá”.

Los caviares siempre intentarán destruir a quien opine distinto. Son expertos en la recusación ad-hómine. Les atribuirán pertenencias o afiliaciones que no tienen y adoptarán posturas absolutamente insostenibles. Ellos nunca pierden una sentencia. Solo no les dan la razón.

Son los máximos exponentes de los eufemismos, del metalenguaje y de la hipérbole. En la vida democrática se les hace difícil —cuando no imposible— convivir con personas diferentes a las que permanentemente recusarán sin permitirles hablar o ser escuchados. No tienen capacidad para comprender la razón de los otros. Carecen de una absoluta empatía.

Les resulta imposible convivir con pensamientos diferentes que puedan expresarse de múltiples maneras. En un mundo maniqueo desarrollan su accionar. Es un ambiente de permanente exclusión. No conviven: “matan” ideológicamente y reprimen. Son absolutamente intolerantes.

Es difícil que una comunidad democrática pueda avanzar en esas circunstancias. Los no caviares no pretenden desaparecer ni destruir a los caviares. Solo quieren hacerse escuchar, respetar y que haya un espacio para la reflexión.  Que el mundo no se reduzca a la bipolaridad entre el bien —que ellos creen representar— y el mal —que atribuyen a los demás—.

Exhibe formas y maneras que no se condicen con su comportamiento interno. Hay una absoluta incongruencia entre lo que hacen y lo que pregonan. No entienden que sea permisible convivir pacífica, social y pluralmente con los demás.

En los últimos veinticinco años nos hemos movido en un péndulo absolutamente nocivo para el país. Ahí están los resultados de este péndulo bipolar mutuamente excluyente. Desde las razzias propiciadas por Toledo luego de la caída de AFF, hasta el mundo bífido de Humala, para llegar a los anómalos resultados electorales de PPK y Castillo. Todo por haber dividido a la sociedad en un parteaguas. Es tarea pendiente el aprendizaje de la convivencia pacífica de los unos con los otros. De eso trata la democracia. 

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