El último concierto de Javier Milei confirma no solo una tendencia, sino una nueva forma de hacer política. Mucho se ha escrito ya sobre el presidente rolinga y su estilo disruptivo. Sus casacas de cuero, su melena rockera y sus motos y motosierras. Pero no es solo una puesta en escena: es una estrategia que busca reubicar al oficialismo en la oposición (“me voy a ir a bañar y me visto de presidente”, dijo Milei después del recital).
No es un mitin con forma de concierto. Es puro concierto y rebeldía antiestablishment. A diferencia de un espectáculo electoral que busca la elección de un candidato, este es el oficialismo que busca confrontar abiertamente a los poderes fácticos (la casta, los sindicatos, el peronismo). En “la era de la protesta perpetua” (la politóloga Devashree Gupta dixit) es una brillante jugada para victimizarse, galvanizar a los fieles y mantener la mística de la eterna cruzada. Es una vieja lección leninista: “Un paso adelante, dos pasos atrás”. Por estas latitudes, Vladimir Cerrón lo explicó mejor cuando dijo que la clase empresarial no les dejaba hacer cambios porque ellos tenían el gobierno, pero no el poder.
En la campaña electoral peruana, los conciertos aún son solo el fondo musical del candidato. A pesar de que el mitin ha muerto —ya ni en el APRA quedan oradores de estadio—, no parece haber nada que lo reemplace. El elector está más desinteresado que nunca, pero nadie ha planteado aún activaciones ni performances histriónicas para el elector despolitizado. No han usado la frescura del reggaeton, el rebelde ‘do it yourself’ liberal del rock o el emprendedurismo migrante de la cumbia para plantear un mensaje disruptivo. Tampoco se han subido a la reciente fiebre femenina del despecho musical, de los bares karaoke con baladas mexicanas y canciones cortavenas. Quizá en San Valentín.
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