La Constitución establece en blanco y negro que el presidente de la república personifica a la nación. Es, además, jefe de Estado, jefe del Ejecutivo, comandante supremo de las FF.AA. y FF.PP. y dirige las relaciones internacionales del Perú. No son pocos los poderes que tiene conferidos.
Las imágenes del presidente transitorio entrando encapuchado y subrepticiamente, avanzada la noche, a un local en una actividad no oficial, son preocupantes y deplorables. Si personifica a la nación, aquella noche la nación ingresó embozada, encubierta y furtiva para “pasar piola”. Un desastre.
¿Qué impulsó ese suicidio político? Más allá de las explicaciones a la Fiscalía de la Nación sobre su nocturno apetito por el kam-lu-wantán o por las galletas de la suerte, está obligado a develar sus secretos al país. Lo visto parecería ser solo la hojarasca de un enraizamiento mucho más profundo, complejo y complicado.
¿Qué significa ser jefe de Estado? Quien lo sea debe ser singular, con dotes y talla de estadista, con el don natural del carisma y liderazgo en la cosa pública y en las instituciones esenciales de una sociedad democrática.
No cualquiera es estadista. Lo fueron, sin duda: De Gaulle, Golda Meir, Mitterrand, Kennedy, Obama, Haya de la Torre, Bedoya, Perón, Suárez, Felipe González, Aznar o la Merkel, por citar algunos. Un hombre o una mujer de Estado no necesariamente proviene de una misma línea política.
El estadista ve más allá de lo particular, lo personal y hasta de lo familiar. Dirige su mirada hacia el horizonte del futuro de su nación. Un estadista no puede ser un excéntrico que imponga sus peculiaridades y rarezas. No debe exhibir joyas o lujos. Perturbará a su sociedad y la prensa dará rápida cuenta de ello. Lo acabamos de ver. En la era de las comunicaciones masivas, es imposible que un Rolex, un lapicero de oro, una cirugía estética o evidentes lujos pasen desapercibidos en un estadista. Requiere sencillez, frugalidad, ejemplo, intuición y empatía.
Cualquier cosa que haga o diga será un mensaje. Sus gestos, actitudes, méritos o deméritos son permanentes telegramas sociales. Comer chicharrón, ser “mechoneada” (Boluarte), faltada en la vía pública (Sheinbaum) o cacheteado en el avión presidencial (Macrón), son imágenes que transmiten penetrantes mensajes a la sociedad.
Algunos remedos de estadista dicen: “también soy un ciudadano”. Allí hay un error de percepción. Dejó de ser una persona común y corriente cuando juró un cargo de Estado y se convirtió en lo que la Constitución dice: personifica a la nación. Donde vaya, va la nación. Como vaya, va la nación. Como se vista, viste la nación. Como se exprese, hable o gesticule, haga o deje de hacer, se manifiesta la nación.
Eso se debe entender para gobernar con altura y dignidad desde el podio conferido legítimamente al estadista, sea como presidente o vicepresidente, o sea en vía de sucesión presidencial. Ese es el quid del asunto.
