Juegos de invierno y molestias de verano por César Luna Victoria

El récord de ovaciones en la Scala de Milán lo tiene Juan Diego Flórez en una noche de arias famosas, con cincuenta largos minutos que agradeció con siete repeticiones, unos seis minutos de aplausos entre una y otra. Pero el récord de aplausos seguidos lo tiene el presidente de Italia, Sergio Mattarella, con diez minutos, al entrar a su palco para la gala cultural de los Juegos Olímpicos de Invierno 2026. Dirá que era un ambiente exclusivo para invitados especiales, pero la cortesía no da para tanto. Además, se repetiría días después en la ceremonia de inauguración en el estadio de San Siro de Milán. También sucede en las apariciones de la primera ministra, Giorgia Meloni. ¿Qué ha pasado? Antes de ellos, durante los ochenta años que van desde la Segunda Guerra, Italia tuvo setenta gobiernos, menos de catorce meses en promedio, algunos con menos de tres. En el mismo periodo, Alemania solo tuvo veinticuatro. La inestabilidad política de Italia se explicaba por la desconfianza en el sistema, la hiperinflación y la profunda desigualdad que propiciaban grupos antisistema, incluidos terroristas (Brigadas Rojas). Mattarella y Meloni quebraron esa inestabilidad conciliando, porque Mattarella es de izquierda y Meloni es de derecha, y coordinando funciones, porque la Constitución les atribuye poderes distintos. 

En un mundo de confrontación, los regímenes europeos de cohabitación requieren que unos se entiendan con los otros. Así ocurrió en Francia cuando Francois Mitterrand, mítico líder de la izquierda, tuvo que nombrar primer ministro a Jacques Chirac (1986) y después a Edouard Balladur (1993), ambos de derecha; y le pasó al mismo Chirac que tuvo que nombrar a Lionel Jospin (1997), sucesor de Mitterrand en la izquierda. En el Perú también tuvimos un caso, cuando Manuel Prado (conservador) nombró ministro de Economía (1959) a Pedro Beltrán (liberal y opositor al gobierno). Se cuenta que Beltrán entregó un papel con sus condiciones. “Aceptadas”, respondió Prado sin leerlas (Lampadia). Pero la inteligencia para corregir errores, la capacidad para convocar al opositor y la generosidad de este para colaborar no son una regla en nuestra vida política, sino, lamentablemente, una anécdota.

Entonces nuestra inestabilidad política no es tan original y tendrá remedio cuando renazcan liderazgos. No el de los dictadores que lo alcanzan a punta de fuerza y llegan a ser queridos gracias a regalos populistas, porque eso destroza instituciones y quiebra economías. Tampoco el de los improvisados, que proponen imposibles y los disfrazan de certezas, porque eso defrauda. Necesitamos líderes que sepan qué hacer en el largo plazo. Diagnósticos y planes hay. Tenemos la Agenda Perú 2030 y un Plan de Desarrollo Perú 2050 promovidos por el Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (Ceplan). 

Allí están las rutas que necesitamos caminar para desarrollar la economía, reducir la pobreza y mejorar la gestión pública. Nada de eso está en la agenda oficial y muy poco en los planes de gobierno de estas elecciones (Verne Consultores). Peor aún, una auditoría de las Naciones Unidas concluye que estamos retrasados en su ejecución y que necesitan ser ajustados porque fueron elaborados en 2015 y el contexto ya no es el mismo: el cambio de clima ha reordenado el territorio, la economía criminal ha destruido los fundamentos de competitividad y estamos dentro del fuego cruzado de potencias que se reparten el mundo, sin cortesías diplomáticas. ¿Qué importa?, me dirá, el Perú seguirá creciendo. Es verdad, pero solo mientras el precio del cobre y del oro sigan altos. Cuando caigan, que algún día caerán, nuestra economía habrá perdido esa ventaja y, si no tenemos un Estado que funcione, vendrán los problemas porque habrá estallido social. Necesitamos líderes que nos preparen para ese futuro inmediato. Pero tenemos que llamarlos, porque no quieren venir, porque la política los ahuyenta, los ensucia y los deshonra. Sin embargo, la política no está deteriorada porque los partidos políticos sean lo que son, sino porque nosotros nos hemos olvidado de exigir calidad y hemos perdido la autoestima de merecernos gobiernos mejores. No es un problema de oferta, sino de demanda. Somos nosotros los que tenemos que cambiar.

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