Una mezcla de emoción, duda y curiosidad tecnológica se sentía desde antes de que se apagaran las luces. En el Arena 1, en la Costa Verde, más de 20 mil personas llegaron con la misma pregunta rondando, queriendo comprobar si esto realmente conectaba. La segunda fecha de la gira “Ecos” de Soda Stereo no tardó en dar una respuesta.
Apenas sonó “Ecos”, el grito salió solo, sin filtro. El recinto respondió como si hubiera estado esperando ese momento desde hace rato. La cancha empezó a moverse como una sola, con brazos arriba, celulares encendidos y gente sonriendo sin darse cuenta. Muchos jóvenes, varios que nunca vieron a Gustavo Cerati en vivo, pero igual cantando cada palabra como si la historia también fuera suya.

Entre la gente se cruzaban escenas que decían mucho sin necesidad de explicarlas. Una adolescente subida en los hombros de su amigo intentando grabarlo todo, una pareja abrazada cantando bajito, grupos saltando sin parar.
Cuando sonó “Juegos de seducción”, apareció una imagen que se quedó dando vueltas. Un trabajador de seguridad, de espaldas al escenario, seguía atento al público mientras cantaba casi sin darse cuenta. En un momento se cubrió el rostro con las manos, intentando disimular, pero la emoción ya lo había alcanzado.

Con “Nada Personal”, cualquier duda terminó de caerse y el Arena se volvió un solo coro, de esos que se sienten más en el cuerpo que en la cabeza.
Luces, pantallas y sonido empujan el recorrido con naturalidad. “Ella usó mi cabeza como un revólver” y “Cuando pase el temblor” levantan la energía, mientras “Luna roja” y “En el séptimo día” bajan un poco la intensidad y te meten en otro clima.

Con “En la ciudad de la furia” el ambiente cambia otra vez. Las pantallas en blanco y negro, el público cantando a todo pulmón y ese solo de guitarra que se aplaude solo. Después llegan “Persiana americana”, “Zoom” y “Primavera 0”, pero es “Prófugos” la que marca el punto más alto. Ahí todo se vuelve más intenso. La gente la grita con otra fuerza, hay abrazos más apretados, ojos cerrados, voces que se quiebran. Por un momento, todo lo demás desaparece.
El cierre no baja la emoción, la multiplica. “De música ligera” desata saltos, gritos, gente abrazándose sin conocerse, otros llorando sin esconderse. Los músicos se acercan, se meten entre el público y rompen esa distancia que parecía inevitable. No es lo mismo de antes, pero tampoco intenta serlo. Un final cercano para un espectáculo que apostó por lo futurista, pero que terminó sintiéndose completamente humano.


