En defensa del autoritarismo correcto

Los abajo firmantes, depositarios ocasionales de la conciencia universal, observamos con profunda preocupación cualquier intento de juzgar alegremente procesos políticos ajenos que no comprendemos. No los padecemos y, sobre todo, no los pensamos sufrir jamás, pero aquí los defendemos con fervor performativo, prolija higiene moral y cero consecuencias.

En nombre de esa perplejidad elevada a doctrina, exigimos, con carácter de urgencia y exceso retórico, la inmediata libertad del presidente Nicolás Maduro. Hoy es injustamente privado del derecho humano fundamental a gobernar sin interrupciones, sin críticas y sin responsabilidad democrática alguna: esa vulgar forma de violencia epistemológica que la hegemonía occidental insiste en llamar rendición de cuentas.

Callar ante lo sucedido sería desconocer el sagrado principio de la autodeterminación, bien supremo que —aunque no esté disponible para los venezolanos desde hace varias décadas— resulta crucial para la autogratificante fundamentación teórica de este alegato. Defender a Maduro, además, garantiza la estabilidad de los servicios prestados por Rappi, Uber y otros pagos en especies, que son pilares del nuevo humanismo logístico regional.

Resulta intolerable que un mandatario con tan vasta experiencia en reinventar la realidad sea sometido a la pedestre tiranía de los hechos. Liberar a Maduro no es un acto político: es un acto poético. Ha logrado que la inflación sea una metáfora, la escasez un estado espiritual y la migración una forma alternativa del turismo forzado en beneficio de casi 9 millones de venezolanos trotamundos que han consumado el sueño bolivariano de pulverizar fronteras. Llama la atención lo malagradecido que puede ser el capitalismo cavernario ante su gestión, cuando ha sido precisamente esta la mayor incubadora del emprendimiento conocido bajo el anglicismo de delivery.

Exigimos su libertad porque el mundo necesita líderes que desafíen la lógica elemental. ¿Qué sería de la democracia global sin referentes que demuestren que se puede ganar elecciones incluso cuando se pierden y que se puede gobernar aun cuando no se gobierna? ¿Qué sería del pensamiento mágico latinoamericano sin un exconductor de autobús convertido en estadista cósmico por obra y gracia del destino, del pajarito y de El Helicoide, centro pedagógico donde se inculca civismo a través del electroshock, fiel a las mejores tradiciones del Grupo Colina?

Pedimos su inmediata excarcelación porque Maduro encarna una pedagogía alternativa de vanguardia. Ha enseñado a millones que comer es un privilegio burgués, tener trabajo una fantasía neoliberal, la electricidad una curiosidad opcional y que el futuro siempre puede empeorar cuando quien te gobierna hurta sin piedad a manera de escuela estoica. Su visión revolucionaria del acto electoral es un aporte intelectual: las elecciones no se ganan, se confirman. Mártires de este credo como Capriles, Guaidó, González y la neotrumpista Machado son testimonio vivo.

Su detención —real, simbólica o metafísica— constituye un atentado contra el derecho universal a la improvisación permanente. Liberarlo es un acto de coherencia histórica. Maduro ha demostrado una fidelidad inquebrantable a un modelo que fracasa con admirable constancia. En un mundo volátil representa la estabilidad del error y la previsibilidad del desastre ajeno con beneficio propio. Vizcarra, Castillo, Boluarte: aprendan cómo se hace.

Solicitamos su libertad inmediata para que pueda continuar su labor de exportar discursos vacuos y teorías económicas que desafían la aritmética básica. Para que siga recordándonos que siempre se puede culpar a alguien más, preferiblemente al imperio.

Declaramos, en consecuencia, que la soberanía venezolana debe ser respetada incluso si no es perceptible para los venezolanos. A Delcy, infame traidora al legado del comandante Chávez, la juzgará la historia apenas agentes cubanos, rusos, chinos o iraníes logren ubicarla, una vez que deje de ser útil, entre Estambul y cuentas cifradas suizas.

Finalmente, pedimos su liberación por una razón profundamente humana: resulta inaceptable que alguien como Donald Trump —símbolo máximo del afiebrado colonialismo hemisférico, del capitalismo sin metáfora y de la ignorancia con resonancia global— pretenda actuar o siquiera opinar sobre Venezuela, competencia exclusiva nuestra. Su incomprensible plan para Venezuela es un burdo plagio del caótico pensamiento madurista. Nada nos parece más ofensivo que un multimillonario prepotente denunciando una dictadura siniestra con argumentos burdos, incluso cuando estos coinciden con la realidad.

Ante esta grosera perturbación del maniqueísmo preferimos, sin pudor, un autoritarismo con retórica revolucionaria —aunque encarcele, censure, torture, asesine y empobrezca— antes que el horror supremo: coincidir accidentalmente con Trump. No pasará.

No war, yes peace.

(Siguen firmas)

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