El próximo cuento del poder

Imaginemos un país con un Parlamento profundamente desacreditado. No solo impopular, sino venido a menos en términos de valores: atravesado por casos de corrupción, dedicado a legislar para sí mismo y cada vez más desconectado de las necesidades reales de la población. Imaginemos que ese Parlamento impulsa una vacancia presidencial y quien presidía ese Congreso termina ocupando la Presidencia de la República. Es un caso hipotético.

Se trata de una persona que incluso había reconocido públicamente no estar preparada para asumir el cargo. Y esa afirmación coincidía bastante con la realidad: una figura sin mayores méritos, pero, sobre todo, con intereses puestos en otro lado, más preocupada por su vida sentimental o sexual que por la responsabilidad que estaba a punto de asumir. A ello se suma una denuncia por violación sexual que fue archivada y cuestionamientos sobre un aumento patrimonial difícil de explicar.

Probablemente, convencido de que el cargo de presidente era apenas una prolongación del poder que ya ejercía en el Congreso, intenta seguir en la misma lógica. Además, intenta construir una nueva imagen: visita cárceles sin conocer cómo funciona el sistema penitenciario, posa como figura de autoridad, promete enfrentar la violencia y el crimen. Pasan los meses y no hay resultados. Ninguno. Sus compatriotas siguen muriendo todos los días por el crimen organizado.  

En paralelo, empiezan a aparecer otras señales. Se conocen sus relaciones y reuniones clandestinas con empresarios extranjeros y se hace visible otro patrón inquietante: mujeres jóvenes que comienzan a visitar el despacho presidencial, reuniones en horarios poco habituales, entradas al caer la tarde que se extienden hasta altas horas de la noche.

Casi como si se tratara de una coincidencia feliz, después de esas visitas, estas mujeres empiezan a obtener contratos con el Estado. Todo, por supuesto, gracias a sus grandes capacidades y a su impecable desempeño profesional. Al menos esa es la versión que ofrece el Gobierno y que le permite indignarse cuando se le cuestiona, acusando a quienes lo hacen de reproducir un sistema machista que ataca a las mujeres. La verdad es que es el propio poder político el que las coloca ante el escrutinio público.

El escándalo estalla y el país entra en una dinámica que ya conoce demasiado bien. No se trata tanto de exigir explicaciones, sino de esperar el cuento. Sabe que le van a mentir, pero aun así quiere saber cuál será la historia: escucharla, comentarla, indignarse un poco y, quizá, seguir adelante.

No es un caso aislado. Es que en ese país se han acostumbrado a que los políticos hagan lo que quieran. A que quienes ocupan los cargos más altos actúen como si no hubiera límites. La investidura presidencial, que alguna vez pudo representar autoridad o respeto, hace varios gobiernos que se ha ido vaciando de sentido.  

Es grave por la reiteración de estas prácticas, por el uso frívolo del poder para favorecer a personas cercanas y también por lo que significa permitir ingresos, estancias y dinámicas personales en un espacio que debería estar regido por criterios de seguridad y responsabilidad institucional. En Palacio de Gobierno, cada puerta que se abre sin explicación, cada visita que no se justifica, cada frontera que se diluye entre lo público y lo íntimo erosiona un poco más la idea misma de Estado.

Pero nada de eso termina de escandalizar al país porque se ha acostumbrado a no exigir límites, rendición de cuentas ni explicaciones reales. Solo espera el próximo cuento, la próxima historia con la que int”tentarán salir. Es el cuento del político que actúa como si no hubiera reglas y de una sociedad que ya ni siquiera espera que las haya.  

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