Una mala lectura de Manuel González Prada en tiempos ágrafos de TikTok puede terminar justificando algunos esperpentos. Por ejemplo, un político influencer, de esos que te hacen ver lo que quieres ver en el salón de espejos de las redes sociales.
MÁS LAS, MENOS MGP
Mejor leer la biografía sobre Don Manuel, de Luis Alberto Sánchez, quien recalibró el célebre adagio a su exacta dimensión y describió como pocos a un país mancebo. Porque, al hablar de llevar a los jóvenes a la obra, el anarquista se refiere a las ideas jóvenes, léase modernas. Y de la misma manera pide enterrar, no a los adultos mayores, sino los pensamientos caducos del antiguo régimen a la peruana.
La confusión yace ahí y sigue reinando en el país de las desconcertadas gentes. En esta torre de Babel, la frase se relee como cuchillo por la espalda, parricidio ad hominem y traición malagradecida. Y eso aplica para el fugaz furor que provocó José Jerí en esta encuestocracia. Si sobrevivimos en un país adolescente, con un autoritarismo ancestral y una modernidad en pañales, parafraseando a LAS, ahora estamos ante el retrato de un presidente adolescente.
A LAS lo secundó la historiadora Carmen McEvoy, quien le añadió su cunda punteña al grito de “controlen a este adolescente, a este Peter Pan”, acaso un niñato que mete uña y garfio. Un signo de los tiempos que corren, con cuerpos de prolongada adolescencia estética, pero fragilidad ética propia de la generación de cristal.
APRA Y AP
La tendencia al recambio generacional también se ve en los dos partidos más antiguos del Perú contemporáneo. Los perfomances de Julio Chávez y Enrique Valderrama en las primarias de Acción Popular y el APRA, respectivamente, anunciaron un proceso democratizador que se ha venido desarrollando desde hace años en la interna de ambos partidos tradicionales.
Los dos candidatos comparten algunas características sintomáticas. Chávez (44) y Valderrama (38) son jóvenes que se han desplazado desde la periferia hacia el epicentro mismo de sus respectivos partidos. No conocieron íntimamente a los patriarcas ni a los fundadores. No pertenecen a la aristocracia de la agrupación ni tienen apellidos de linaje partidario. No llegaron bajo el ala protectora de algún jerarca histórico. Todo lo contrario: se enfrentaron a los viejos barones de cada cofradía. Y se impusieron a su manera. No solo son jóvenes, sino que nacieron sin alcurnia ni apellido partidario que los acoja. Eso los hace doblemente jóvenes.
Pero como todo proceso de democratización, este ha implicado su consecuente ‘mediocratización’. Al expandir la participación ciudadana y masificar el acceso al poder partidario, este inevitablemente se ha banalizado. No estamos ante los alumnos más aventajados ni los polemistas más potentes. Tampoco ante los candidatos más carismáticos, políticamente hablando. Pero quizás sí ante los más representativos, con todo lo que eso implica. Esos que encarnan al Perú pos-Castillo, donde las campañas ya no se ganan con récords académicos ni concursos de oratoria. Se ganan, sí, con nuevos rostros y viejas mañas, de esas que han abundado en las primarias de ambos partidos. Pero tras el triunfo interno debió primar el juego político y, por eso, la estrella ha corrido el riesgo de seguir el camino de la lampa y quedar fuera de carrera. Porque la realidad les viene demostrando a ambos candidatos que no basta con reeditar viejas jugadas tras un rostro juvenil. También hace falta muñeca política, de esa que a Belaunde y a Alan —dos jóvenes dinosaurios— les sobraba para mantener la disciplina en las bases.
JÓVENES LOS DE ANTES
Eso confirma una dura verdad: el culto al más joven es más de forma que de fondo, de envase que de sustancia. La efebolatría de estos tiempos es una democratización hacia abajo, cronológica, pero también meritocráticamente hablando. Una democratización que es más mediocratización que otra cosa.
Y es que el joven de hoy no es ni la sombra de lo que fue la novel clase política del ayer. A inicios del siglo pasado teníamos a juveniles titanes de la política peruana. Candidatos y presidentes que marcaron el siglo XX desde sus primeros años. El ejemplo paradigmático es Haya de la Torre, quien ya desde la universidad era presidenciable. Pero el “pichón de cóndor”, como lo llamó el también joven César Vallejo, no fue un caso aislado, sino la norma. Eran tiempos en que la efebolatría dominaba la política y la poesía peruana (Premio Poeta Joven).
La comparación llora.
MVLL Y EL ESPECTÁCULO
Y en plena civilización del espectáculo, la realidad golpea a Jerí. Porque así como subió en las encuestas por unas cuantas fotos y videos, también bajará por algunos videos y fotos. Es el costo de su juventud e inexperiencia para recibir elogios, premier dixit. Quienes lo conocen dicen que además se expresa políticamente con metáforas de Star Wars y referencias a los Avengers. Y que confía en salir indemne del lado oscuro. Como un podcaster promedio, más o menos.
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