Varios pensadores se han preguntado cómo es posible el amor dada la mezquina naturaleza humana. Los dioses, creen algunos, se encargan de enceguecer a hombres y mujeres el tiempo suficiente para mantener la reproducción de la especie, aunque no mucho más. Después de todo, como señala Immanuel Kant, la felicidad no forma parte de la programación natural. Freud, que no era más optimista, considera la libido como el motor inconsciente de la ternura de una pareja, de las ventas de peluches y del indiscutible éxito de la pornografía. Pero la hostilidad, forma que adopta el instinto de muerte, no es menos activa. Ella puede causar, insidiosa, el minucioso rencor de las ex, el odio mutuo entre algunas (¿solo algunas?) parejas de esposos y los peluches arrojados al barro con agujas clavadas en los ojos.
Los mecanismos inconscientes que estudia el psicoanálisis permiten comprender algo de la ilusión amorosa. La negación, por ejemplo, groseramente nos impide percibir lo evidente. “Amiga, ¿no ves que ese tipo es un miserable?” No, no lo ve. Ciega como elector peruano, más sorda que Beethoven, le entrega con alegría su corazón a quien solo ve otros órganos de su cuerpo. Y quien más ha de sufrir es la prudente amiga, moderna Casandra que exclama un profético: “¡Otra vez no, huevona!”. Y así la natalidad aumenta. Otro mecanismo es el desplazamiento, por el cual redirigimos un afecto (amor, odio, etcétera) a un tercero. Su gran utilidad reside en liberarnos del objeto original, y seguramente problemático, de ese sentimiento. Así, nadie puede explicarse por qué X está deslumbrado por Y, salvo quien conozca aquella lejana historia con Z, que X jamás aceptará conscientemente.
Con motivaciones profundas y que el mismo amante ignora, toda pasión promete ser inmortal. “El amor es eterno mientras dura”, sentenció Borges. Por eso Ovidio juzgó necesario completar su manual Arte de amar (cómo seducir) con su no menos útil Remedios del amor (cómo olvidar). Acaso en español los versos más erotizados y sombríos son los de “Caballero solo”, en Residencia en la tierra, de Pablo Neruda. Un fragmento: “Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, / y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, / y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, / y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, / como un collar de palpitantes ostras sexuales / rodean mi residencia solitaria”.
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