Pedro Sánchez sorprendió al anunciar medidas para hacer frente a lo que llamó “abusos de las grandes plataformas digitales”. La primera, y más llamativa, prohibir a menores de 16 años el acceso a las redes sociales. Sigue con ello una tendencia ya inaugurada por Francia y Australia, aunque no es patrimonio del partido socialista. El Partido Popular español se ha quejado de que Sánchez le ha robado la idea.
¿Tiene sentido plantear una prohibición de este calado? ¿Puede un gobierno, más allá de su color político, enfrentarse a unos adolescentes que se las saben todas y que, siendo esclavos del mundo digital y tecnológico, no van a aceptar semejante prohibición?
Puede que las intenciones del gobierno sean buenas y hasta encomiables. Algo hay que hacer en protección de nuestros menores. Lo que pasa es que el anuncio huele a calculados intereses partidistas. Mañana hay elecciones regionales en la comunidad de Aragón. Las encuestas predicen una nueva hecatombe socialista. En este marco se inscribe la puesta de mano de Sánchez. Ha conseguido que Elon Musk le tache de tecnocomunista. Es lo que buscaba. O que la Unión Europea le llame la atención, pues España carece de competencias para hacer lo que pretende. No le importa. Se crece en la derrota. Y nada hace por casualidad. Ahora se dedica a lanzar calificativos contra lo que llama tecnoligarcas o tecnócratas del algoritmo.
Se ha puesto en modo victimista: No nos quebrarán, dice, ni nos doblegarán. Esto es lo que se llama sobreactuación. Ojalá seamos capaces de prohibir a los adolescentes el uso de celulares o la entrada en redes sociales, más que por la fuerza de la prohibición por la de la convicción y el sentido común.
