¿Hay algo peor que un mal gobierno? ¿Hay algo más corrosivo que la incompetencia de un pelele con poder? ¿Hay algo más estúpido que creer que usar pititas de colores en las muñecas aleja de la mala suerte? Sí, claro que lo hay: perder el respeto por la inteligencia del ciudadano.
Pretender hacernos creer que se trata solo de errores, improvisaciones de último minuto o la chiripiolca de alguna torpeza de comunicación. Lo que está haciendo Jerí es gravísimo: naturalizar la mentira, la explicación vacía, blandengue. Su sistemática subestimación del ciudadano, ofreciendo disculpas sin explicaciones, minimizando hechos relevantes, etiquetándolos como “malentendidos”, apelando a la percepción para evitar lo medular del asunto en cuestión.
Los ciudadanos tenemos derecho a recibir explicaciones completas, verificables y coherentes por parte de quienes ejercen función pública. NO NOS ESTÁN HACIENDO UN FAVOR. Y hasta donde yo recuerdo, cuando cualquier funcionario en ejercicio nos da respuestas incompletas, a media caña, pasaditas por agua tibia, hueveras, está surrándose en lo que debería ser un estándar en el ejercicio democrático. De lo contrario, se convierte en un dictador solapa. Un experto en cojudeo humano.
Parece que Josecito, al más fiel estilo del niño Alfredito —personaje del cómico Alfredo Benavides—, mete la patita, se manda un cagadón del tamaño de una catedral y, en medio de su confusión mental o, al parecer, escaso entrenamiento neuronal cree, interpreta, siente que lo estamos cuestionando por reunirse con el chino no precisamente en el bosque de la China. Y no logra entender que la interpelación ciudadana es porque no está dando explicaciones claras y, peor aún, por creer que con sus disculpas en horario trasnoche, con paradita en tres cuartos para salir bien en las historias de redes sociales, ya es suficiente.
Y es justamente ahí donde se afinca la subestimación: cuando asume que los peruanos no sabemos distinguir entre una explicación y una excusa. Con todo cariño, por favor, que alguien le explique al inquilino de Palacio que las disculpas, para que tengan valor, necesitan los siguientes requisitos:
– Reconocimiento claro del hecho.
– Identificación del error o la falta.
– Compromiso verificable de no repetición.
Si los tres anteriores no aparecen nunca en las disculpas, estas se convierten, en el acto, en un acto simbólico fraudulento. Es decir: hago como que me hago responsable, pero en realidad no me hago cargo de nada. Una cosa es un gesto y otra muy diferente la responsabilidad.
Y así, después de cien primeros días rellenos de absolutamente nada —es decir, vacíos por completo—, pasando piola, hueveando a todos con temas tan complicados como la inseguridad ciudadana, entre otros, así ha pasado piola nuestro aficionado amigo del gileo por Instagram. Creyendo que eso le iba a durar y que no se le iba a notar el fustán, se acaba de mandar su primera descarga de boñiga sin reflexionar sobre las consecuencias. Porque, aunque usted no lo crea, el paso del tiempo no desaparece la responsabilidad. Si hay algo que no prescribe —y en nuestro país tenemos mucha evidencia de ello— es la responsabilidad política.
Esta se queda tatuada cuando la opinión pública se cansa de palabreos, cuando el personaje en mención guarda silencio estratégico y cuando pasa de la agenda de los medios de comunicación a la agenda de conversación de la señora que está comprando verduras en el mercado. Y eso es justamente lo que acaba de pasar. La falta de explicación coherente ha comenzado a prolongar el daño.
Si el muchachón que, por “mala suerte”, parece estar justo en la reunión equivocada, en el momento equivocado, y termina cayéndole la denuncia “equivocada” por violación, cree que hablando lo justo, resistiendo el ruido social y esperando que el roche pase todo eso junto le va a funcionar, lamentamos comunicarle al pasajero de turno del vuelo del 26 de diciembre de Aerolíneas Chifa Chun Chin que está profundamente equivocado.
Pregunta número 21 de El valor de la verdad:
¿Cree realmente José Jerí que los peruanos no entienden lo que está pasando?
Si la respuesta es sí, entonces el problema no es coyuntural, sino más bien ético, político, “orgánico”, como dicen los chicos hoy. Tratarnos de imbéciles no es un error menor. Es violento y rompe cualquier pacto democrático de esos que todo el día están mencionando.
El presidente puede seguir hablando, explicando con cuentagotas o creer que ya aparecerá otro tema que se superponga a este tremendo roche. Pero hay algo sobre lo que ya no tiene ningún control: la percepción —y uso esta palabra por ser amable, porque en realidad la que corresponde es certeza—. Jerí ya no controla la certeza de que nos está tomando el pelo y, con ello, está perdiendo el poco respeto que le quedaba como saldo a favor.
El encuentro chifero entre Jerí y Zhihua Yang deslegitima las funciones del presidente porque no se registró vía los canales institucionales adecuados. Por eso, se hace así, caleta nomás, encapuchado, como si se tratara de un ratero que no quiere ser reconocido por las cámaras de seguridad. Las explicaciones llenas de palabras bonitas y retórica de abogaducho de Azángaro no evaporan las dudas; más bien, las agravan.
Y, oh casualidad, la coincidencia de intereses privados con proyectos públicos sin procesos transparentes abre la puerta a eso que se llama conflicto de intereses. Dícese de la situación en la que los intereses personales, económicos o familiares de una persona pueden influir indebidamente en sus deberes y responsabilidades, viendo comprometida su imparcialidad y el interés público.
Queda más que claro que la política no solo es juzgada por sus actos, sino también por cómo se explican esos actos ante el país. Y es justamente ahí donde una foto entrando encapuchado a un chifa, con una serie de gestos evasivos y explicaciones tan tetudas como la “integración por el Día de la Amistad Peruano-China”, causa un profundo daño político, quién sabe más grave que la misma razón encubierta de la reunión en mención.
José Jerí podrá seguir hablando. El problema es que ya hemos dejado de escucharlo. De aquí en adelante, ¿tendrá el presidente algo real para ofrecernos más allá de sus devaluadas palabras?
Una cosa es que nos hagamos los cojudos; otra muy distinta es que lo seamos.
No te equivoques, compadre.
Y cuando puedas, pásame esos contactos de tus amigas de Instagram, que a mí también me parecen guapas.
