La publicación de su primer artículo científico, cuenta Avita Taricuarima, empezó a gestarse mientras comía una sopa de pescado. Era inicios de 2025 y había comprado varios shirui en el mercado para prepararlos y compartir con su familia en San Tomás, un pequeño centro poblado fundado por un grupo kukama kukamiria a principios del siglo XX, en la región amazónica de Loreto, Perú. Pero mientras tomaban el caldo, la joven se dio cuenta de que debajo de las escamas del pescado había unos pequeños gusanos blancos.
Avita Taricuarima, estudiante kukama kukamiria de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP), llamó al biólogo y profesor Germán Murrieta, experto en parasitología de peces, y le llevó la sopa de shirui a su laboratorio en el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP).
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Unos meses después, se publicó en la revista científica Sprinter Nature el artículo “Parásitos zoonóticos en Hoplosternum littorale adquiridos en el mercado de Santa Clara, en la ciudad de Iquitos, Loreto-Perú”. La investigación advertía sobre la presencia de dos tipos de parásitos potencialmente perjudiciales para la salud humana en al menos 50 % de los 40 peces examinados. Entre los coautores del estudio aparece Avita Taricuarima.
Una primera publicación académica es una buena noticia para una estudiante universitaria. Más aún si el trabajo revela a una comunidad información crucial sobre uno de sus pescados más consumidos. Pero si esa estudiante es la primera mujer kukama kukamiria del pueblo Santo Tomás en estudiar biología, la noticia es también un acontecimiento. Sobre todo porque Avita Taricuarima, antigua guía turística, esperó casi una década para estudiar la carrera que desde niña ambicionó.
Avita Taricuarima forma parte de The Explores Club, una asociación internacional de científicos con más de 100 años de antigüedad. Foto: Patrick Murayari
“La idea es hacer artículos, mínimo tres tienes que tener para poder postular a una beca”, dice Taricuarima a Mongabay Latam para el especial Científicas Indígenas, al pie del caño Mapacocha, uno de los afluentes del río Nanay, en Santo Tomás, localidad que hasta hace unos años no tenía una sola calle de asfalto.
Además del artículo científico, en 2024 ganó un premio regional por una investigación sobre bacterias y degradación de microplásticos y fue reconocida por la organización científica The Explores Club como una de las 50 personas destacadas en la práctica y la promoción de la ciencia y la exploración. También tiene en marcha el plan para conseguir estudiar una maestría en el exterior.
La joven científica está trabajando en su tesis sobre bacterias termófilas, aquellas que pueden vivir y desarrollarse a altas temperaturas; inició un estudio sobre bioluminiscencia en animales de la Amazonía; y junto a la bióloga química Rosa Vásquez Espinoza, asesora externa de su tesis, realiza un inventario de plantas medicinales de la misma región.
“Yo la describiría a ella como una persona de un espíritu de liderazgo y de creación”, dice Vásquez Espinoza, que en 2024 fue nombrada por la BBC como una de las 100 mujeres más influyentes del mundo.
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Avita Taricuarima no solo ha demostrado ser tan creativa como para convertir una sopa de pescado en una oportunidad de crecimiento profesional y de protección para su pueblo. También pone a prueba su ingenio para continuar su camino en la ciencia con diversas condiciones materiales en su contra.

En el bus de la UNAP, camino a la facultad. Foto: Patrick Murayari
Durante meses Avita Taricuarima estudió a escondidas. Estaba preparando su postulación a Biología en la UNAP, pero tenía una complicación: trabajaba como guía turística en el Área de Conservación Regional Comunal Tamshiyacu Tahuayo y los horarios de conexión a internet eran restringidos para el personal. Entonces, aprovechaba la discreción de las madrugadas para repasar los temas desde su celular.
Estudió lejos del lodge, debajo de las sábanas y hasta en el baño.
Un día, una de sus jefas lo notó y le reclamó saber qué estaba pasando. “Quiero estudiar en la universidad, por eso uso el Internet”, dijo Avita Taricuarima. Desde entonces no tuvo que esconderse más.
Convertirse en científica era un deseo que se remonta hasta sus primeros recuerdos. De niña, cuando salía con su padre al bosque a pescar o a sembrar sus cultivos, se preguntaba sobre el por qué de la existencia de los ríos, los animales, las plantas.
“Me preguntaba ¿por qué esto vuela?, ¿por qué este animal se alarga, o se acorta? Si comemos el fruto, ¿por qué este fruto es comestible y este no?”, cuenta Avita Taricuarima. “Mi papá me decía: ‘Porque es así’. Pero yo siempre fui curiosa”.

Taricuarima estudió a escondidas mientras preparaba su postulación a Biología en la UNAP y trabajaba como guía turística. Foto: Patrick Murayari
Había estudiado la carrera técnica de guía de turismo porque la falta de dinero en su casa le hizo pensar que la universidad sería más costosa y, por lo tanto, una meta impensable. “Ella es la primera bióloga de acá, de San Tomás. No viene de un seno familiar que tiene mucho dinero”, dice su hermana mayor, Damaris Taricuarima. “Somos humildes. Y está demostrando mucha resiliencia”.
Trabajó con gusto como guía por casi 10 años hasta que, con casi 30, comenzó a estudiar en la UNAP. Ahora está por cumplir 33 años y en noviembre de este año se graduará del pregrado. Debido a que ha adelantado materias, terminará la universidad medio año antes de lo esperado.
Por eso, dice, no puede perder el tiempo, prefiere estudiar que aceptar las invitaciones de amigas y amigos. “A veces quiero dejar de hacer lo que estoy haciendo para poder ir, quizás me distraigo un rato”, cuenta. “Pero al día siguiente tengo clase, tengo exposición, tengo examen”.
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Su familia la mira con amor y con admiración. Para su madre, Rita Paima, una hija científica es un orgullo. Usando el segundo nombre de Avita dice: “La Celeste es la estrella de la familia”.

Avita Taricuarima posee una chacra en el bosque de Panguana, donde trabaja con sus plantas. Foto: Patrick Murayari
El viaje hasta la universidad dura poco más de una hora. Avita Taricuarima se despierta alrededor de las 5 de la mañana, se alista para salir, toma un mototaxi desde su casa hasta la carretera y más o menos a las 6 sube a uno de los buses que la llevan gratis hasta la UNAP, ubicada a las afueras de Iquitos. Si todo sale bien, llegará a su destino antes de las siete de la mañana.
Ir a la universidad nunca fue propicio, ni asequible, para ella ni para la gente de su pueblo que, según el Ministerio de la Cultura, está compuesto por unas 37 000 personas. Hasta ahora, Avita Taricuama no ha conocido a ni una sola doctora kukama kukamiria. “Qué bonito será ser una doctora. Que me digan ‘doctora Taricuarima’. Que digan ‘esa como la ves, kukama, doctora es’”.
El camino académico no solo se siente largo, sino muy empinado. Los extensos traslados, las comidas fuera de casa, los materiales de clase hacen que inclusive una universidad nacional resulte un reto difícil de costear. Por eso, Avita Taricuarima ha sabido idear mañas para hacer dinero.
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“Vende sus hamburguesas, sus sándwiches. Es muy activa generando sus propios ingresos económicos”, dice Rosana Gonzáles Arzubialdes, bióloga y profesora de morfofisiología humana de la UNAP. “Sí pone mucha fuerza, trabaja mucho y destaca”.

Taricuarima ha aprendido mucho de los poderes de las plantas a través de los abuelos y las abuelas kukama kukamiria. Foto: Patrick Murayari
Taricuarima, el apellido de Avita, significa en kukama kukamiria “mejor amigo”. Pero ella no siempre ha recibido el trato de la más querida alumna de la clase.
“¿Para qué le dan internet a un indígena?”, le dijeron una vez en un chat de alumnos, al inicio de su carrera universitaria. Por su identidad kukama, dice, fue objeto de algunas burlas y tratos discriminatorios por parte de compañeros y hasta de una profesora, pero ahora es una de las más respetadas en su promoción.
En el salón de clase, ella se sienta en la primera fila y obtiene buenas calificaciones. En los grupos de trabajo, sus compañeros suelen desear que ella sea la principal expositora. Taricuarima lo desea también.
Para Germán Murrieta, el biólogo y profesor con quien Avita Taricuarima colaboró en el artículo de parásitos zootécnicos, afirma: “Creo que la universidad brinda la apertura para que todas las personas que estén interesadas, sean de la zona de donde sean, tengan las mismas oportunidades”.
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Pero ni Avita Taricuarima ni sus profesores saben decir con precisión cuántos alumnos indígenas hay en la UNAP. Ella recuerda haber tenido alguna vez un par de compañeros de pueblos indígenas, pero ya no han coincidido más. Uno de ellos dejó la universidad por un tiempo. No hablaba ni entendía muy bien el español. Ella, en cambio, habla kukama kukamiria, una lengua en alto riesgo de extinción, español e inglés.

La familia Taricuarima pertenece al pueblo indígena kukama kukamiria. Foto: Patrick Murayari
Sacha ajo, rosa sisa, ubos, mucura, patiquina blanca, patiquina negra, menta, algodón. Agachada en cuclillas, Avita Taricuarima apunta en su celular cuántas de las plantas de su chacra, en el bosque de Panguana, siguen muertas y cuántas vivas.
“La chancapiedra es buena para el riñón; toé es una planta alucinógena que la usamos para poder ver cuando pasa algo; a sangre de grado puedes ponerlo en tu rostro para la limpieza, quemaduras de sol, como una crema facial”, dice en medio de su jardín botánico al que ha nombrado Mutsana, que significa “medicina” en kukama kukamiria.
Avita Taricuarima ha aprendido mucho de los poderes de las plantas; no en las clases universitarias, sino a través de los abuelos y las abuelas kukama kukamiria. Y aunque le apasiona la ciencia, piensa que a esta le hace falta apreciar más el bosque.
“Los que vivimos en la chacra o en los pueblos tenemos una relación especial con las plantas”, dice. “Esa planta es un ser vivo, es como tú y yo. No hay diferencia”.

Aunque le apasiona la ciencia, la casi bióloga piensa que a esta le hace falta apreciar más el bosque. Foto: Patrick Murayari
Rosa Vásquez Espinoza, que reivindica el conocimiento ancestral indígena a través de la ciencia, coincide con esta aproximación. “Históricamente viene alguien de afuera que no conoce el territorio, gente super inteligente, muy creativa y tal”, dice. “Pero las preguntas que desarrollan están basadas en sus perspectivas ya existentes, que son diferentes a las de aquellas personas que han crecido en la selva”.
Taricuarima cree que esos tiempos tienen que cambiar. Aún recuerda cuando científicos extranjeros llegaban a Santo Tomás a preguntar por los conocimientos a las personas mayores, las más sabias. Luego, cuando publicaban sus trabajos, no daban ni las gracias a quienes les habían ayudado a comprender.
“Venían a preguntar y luego ponían ‘yo, autor, he descubierto esto’. Sin reconocer que el primero que descubrió fue la persona que estaba en el pueblo. Yo, yo, yo, todo ellos”, dice. Ella quiere que ese conocimiento sea respetado y escuchado. Por lo pronto, todo lo que sabe y está logrando lo comparte con Santo Tomás, un pueblo que a través de ella ha llegado a las aulas universitarias, a los laboratorios, hasta a nuevos relatos.
El artículo original fue publicado por Rosa Chavez Yacila en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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