Los triunfos de Julio Chávez y Enrique Valderrama en las primarias de Acción Popular y el APRA, respectivamente, anunciaron un proceso democratizador que se ha venido desarrollando en la interna de ambos partidos tradicionales.
Los dos candidatos comparten algunas características sintomáticas. Chávez (44) y Valderrama (38) son jóvenes que se han desplazado desde la periferia hacia el epicentro mismo de sus respectivos partidos. No conocieron íntimamente a los patriarcas ni a los fundadores. No pertenecen a la aristocracia de la agrupación ni tienen apellidos de linaje partidario. No llegaron bajo el ala protectora de algún jerarca histórico. Todo lo contrario: se enfrentaron a los viejos barones de cada cofradía. Y se impusieron a su manera.
Como todo proceso de democratización, este ha implicado su consecuente ‘mediocratización’. Al expandir la participación ciudadana y masificar el acceso al poder partidario, este inevitablemente se ha banalizado. No estamos ante los alumnos más aventajados ni los polemistas más potentes. Tampoco ante los candidatos más carismáticos, políticamente hablando. Pero quizás sí ante los más representativos, con todo lo que eso implica. Esos que encarnan al Perú pos-Castillo, un país donde las campañas ya no se ganan con mítines, récords académicos ni concursos de oratoria. Se ganan, sí, con nuevos rostros y viejas mañas, de esas que han abundado en las primarias de ambos partidos. Pero tras el triunfo interno debió primar el juego político y, por eso, la estrella corre el riesgo de seguir el camino de la lampa y quedar fuera de carrera. Porque la realidad les viene demostrando a ambos candidatos que no basta con reeditar viejas jugadas tras un rostro juvenil. También hace falta muñeca política, de esa que a Belaunde y a Alan les sobraba para mantener la disciplina en las bases.
