
Hola, soy Magaly Moro y leo todos los días tu caso del corazón para darte un consejo. Siempre protejo la identidad de las personas que me escriben porque esta historia podría ser la de cualquiera.
El amor nos impulsa a ser mejores personas, pero también nos puede cegar y poner contra la espada y la pared. En este espacio recibirás un consejo, el consejo de una amiga anónima. Ojo, esto no es una terapia. En muchos casos sí es importante recurrir a una, ya sea solo o en pareja.
Hoy te cuento la historia de Percy, de 50 años, que nos escribe desde Chorrillos.
Doctora Moro, lo que empezó como una ilusión de mi esposa por tener su propio negocio se ha convertido en una carga difícil de manejar. Marilyn tiene mucho talento tejiendo y hace unos meses decidió emprender con aretes, llaveros, posavasos y otros productos hechos a mano.
Al inicio la apoyé sin dudar. Le di dinero para comprar materiales y la ayudé en lo que pude. Las primeras fechas le fueron bien, sobre todo en campañas como Navidad o el Día de la Madre. Me alegraba verla entusiasmada, porque realmente le pone dedicación a lo que hace.
El problema es que, cuando las ventas bajan, empieza a pedirme que yo compre sus productos. Me sugiere que adquiera cosas para regalar a mi mamá, a mi hija, a mi jefa o incluso a su propia familia. Al final, termino asumiendo un gasto constante que no tenía previsto.
Siento que he pasado de ser un apoyo a convertirme en su principal cliente. Me incomoda negarme porque sé que es importante para ella, pero también noto que esto ya no es sostenible para mí. Cada vez gasto más y no veo que ella busque otras formas de mover su negocio.
No quiero desanimarla ni cortar sus ganas de seguir emprendiendo, pero tampoco me parece justo cargar con esa responsabilidad. No sé cómo poner un límite sin que lo tome a mal o piense que no la apoyo. ¿Cómo puedo manejar esta situación sin afectar la relación?
CONSEJO
Estimado Percy, el problema no es el negocio, es cómo se está trasladando a la dinámica de pareja. No respondas comprando por compromiso. Cuando vuelva a pedírselo, dile con delicadeza que esta vez no va a asumir ese gasto. Si insiste, cambia el foco y pregúntale cómo piensa mover sus productos sin depender de ti. Eso marca un límite claro sin descalificar su esfuerzo.
