El candidato George Forsyth ha caído en su propia trampa. Como había elogiado varias veces el uso de la IA (inteligencia artificial) en la toma de decisiones políticas, la periodista Mávila Huertas le tomó la palabra y lo hizo tragársela. “Usted ha dicho que ahora todo hay que resolverlo con la IA”, le dijo Huertas, llevándolo de la nariz. “Habla de una automatización”. Ante el reto, Forsyth retrucó alegre. “Pero si la utilizo todo el día, tengo conversaciones enteras con Gemini”, adelantó. Luego sucedió lo esperado. La IA analizó el plan de gobierno de Forsyth y sentenció que “carece de desarrollo técnico, metas medibles y financiamiento claro”. Finalmente (…), la IA concluyó que “en su estado actual, el plan no es plenamente viable ni está bien elaborado para gobernar un país complejo como el Perú”. El candidato se quedó mudo.
La IA funciona muy bien ante preguntas cerradas y técnicas. Puede diagnosticar medidas económicas, analizar antecedentes de reformas históricas o explicar los alcances de políticas públicas. Pero difícilmente será igual de eficiente ante una pregunta abierta y subjetiva, y menos aún ante una pregunta política. ¿El partido X es mejor que el Y? No hay una sola respuesta. Y, sin embargo, la IA igual responderá como puede. Porque la IA se nutre de lo que encuentra. Y solo es un reflejo de cómo la sabemos manejar, de qué tan bien la ‘alimentamos’ y de qué bibliografía le circunscribimos. La IA puede ser el Rincón del vago si se trata solo de pedir resúmenes de libros que no has leído. Pero también puede ser una gran herramienta en las manos adecuadas. En términos políticos, sin embargo, el partido Y puede ser mejor que el X, aunque las estadísticas lo nieguen. Porque la política es “el arte de lo imposible” (Žižek). Y así como “dato no mata relato”, 2 + 2 no siempre arroja 4.
