Epstein, Cuba y la indignación selectiva

Quienes se indignan con la isla de Epstein nunca dijeron nada sobre otra isla: Cuba. El lupanar del mundo occidental, fina cortesía de los hermanos Castro. Un infierno en la tierra, con una tiranía corrupta y empobrecedora donde la edad de consentimiento sexual es 12 años. Un paraíso para la semiesclavitud de niñas y la prostitución alcoholizada. Y con décadas de complicidad de celebridades como Diego Maradona.

Desde luego, no se trata de elegir un bando ideológico. No hay abusos soslayables o “males menores”. No hay pedofilia de izquierda y de derecha. El crimen debería indignar por igual. Y lo que se critica es, justamente, el doble rasero del activismo que solo se araña por un espectro político.

Sucede que el caso Epstein da para todo. Dependiendo de quién elija su grupo etario para odiar, da para criticar a los judíos, a los ateos, a los millonarios, a los hombres blancos, a los de derecha, a los de izquierda, a los Clinton, a los ‘trumpistas’, a Chomsky, a Woody Allen y a un larguísimo etcétera. El caso Epstein solo confirma lo que ya se sabía. Que las clases dirigentes tienen más en común entre sí que con sus subalternos. Que la ideología es, en cierta forma, la pasión de las clases medias y bajas. Y que las élites se mueven en círculos que atraviesan la misma, priorizando su propio beneficio. Pero, sobre todo, demuestra que normalmente los delitos y las tragedias no tienen un tinte ideológico. No son de un lado o del otro. No describen a un bando exclusivamente ni encajan en una narrativa específica. Es la ideología la que luego instrumentaliza el caso y busca hacerlo encajar en su propio relato. Y así es como los hechos verdaderamente indignantes pasan a un segundo plano frente a la ideología.

 

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