Diagnóstico chifero de José Jerí

Esta es una teoría amateur y por eso mismo carente de todo valor científico: el problema de José Jerí es que es un exgordo.

Así lo atestiguan sus fotos de antes y después de la operación de banda gástrica presuntamente pagada por el generoso seguro del Congreso de la República, ya que para eso les pagamos. Entre ambas imágenes hay por lo menos 25 kilos de diferencia y sabe Dios cuántos lobbies de por medio.

El camino habitual es engordar conforme se envejece. El metabolismo ya no es el de antes, la actividad física tampoco. La resignación y los pantalones de material elástico ayudan. El camino inverso, joven gordo adulto flaco, es una cortesía de la ciencia médica.

Pero cuando alguien ha vivido una estigmatización prolongada —burla, invisibilización o rechazo—, al desaparecer el estigma suele aparecer la sobrecompensación. El cuerpo cambia, pero la herida queda. Y manda.

Durante años fue un hombre denso, no solo de cuerpo, sino de posibilidades. Un político secundario, incapaz de infundir temor o interés. En los pasillos del poder era una figura utilitaria que servía para llenar espacios vacíos en fotos, comisiones aletargadas y consensos tibios, aunque —según señalara el finado congresista Carlos Anderson— desarrolló un talento especial para gestionar intereses desde el poder político. Básicamente, era un estorbo. Incluso en el plano interpersonal, lo que se vincula a aquella archivada y repudiable denuncia por violación.

La banda gástrica y sus consecuencias fueron en su vida algo más que un procedimiento clínico, fueron un rito iniciático. Jerí no llegó al poder: adelgazó hasta él.

El cuerpo empezó a ceder, el traje a entallarse, las miradas a demorarse medio segundo más. Con cada kilo perdido no solo bajó de peso, recalculó su biografía. El pasado voluminoso y gris se volvió olvidable. Y ahí nació el problema. Confundir su nueva realidad anatómica con mérito moral.

Jerí desarrolla lo que los psicólogos llamarían —si esto no fuera una improvisación— un narcisismo compensatorio tardío. Tal como hace el señor de 50 años con molestias urinarias que a manera de premio consuelo se compra un descapotable al que le cuesta la vida subir y bajar.

Jerí interpretó su transformación física como prueba de carácter, visión y destino. A eso le sumó un concepto desorbitado de “dinamismo”, hiperactividad sin estructura traducida en un gobierno de mucho TikTok y pocas nueces.

Paradójicamente, el poder le llegó demasiado rápido y demasiado tarde. Accedió a la presidencia por una concatenación caótica de renuncias, crisis y cálculos mal hechos. No era el plan A. Ni el B. Tal vez el D o el E. Pero él entendió esa encargatura accidental como si fuera una coronación largamente postergada.

Se excede por arrogancia. Desprecia protocolos y elige capucha y nocturnidad convencido de que la investidura lo absuelve de explicaciones. Su error central es creer que el cargo es una extensión de su épica personal.

Así incurre —en este diagnóstico imaginario— en decisiones impulsivas, declaraciones innecesarias, gestos de poder más virales que efectivos y una costumbre peligrosa: mentir con la ingenuidad de un niño, apelativo de carga inmoral dentro del Congreso.

A los 39 años Borges había escrito Historia universal de la infamia; Tarantino había hecho Pulp Fiction; Churchill era primer lord del Almirantazgo. Y John Lennon moría de un balazo.

A los 39 años, José Jerí, como dinámico encargado de la presidencia de la República, dinamitó su narcisismo reactivo poniéndolo al sumiso servicio de turbios empresarios chinos, algunos de ellos proveedores del Estado sistemáticamente incumplidos, mientras sus compatriotas emprendedores eran perseguidos a balazos por los extorsionadores. Sus múltiples y sucesivas versiones mitómanas de los hechos, que van cambiando según cada video, le agregan vergüenza a la inconducta.

El problema no es que Jerí haya adelgazado. El problema es que creyó que la banda presidencial era también banda gástrica. Una que comprimía los controles y desinflaba la ley mientras dejaba el ego intacto. Este triste evento estructurado entre enjuagues y mentiras ha revelado el lado turbio de una máquina presidencial disfuncional que parecía inocua.

Jerí es libre de ensuciarse, si eso es lo que quiere. Aunque su falta de higiene moral será óptimo argumento antisistema. Es terrible que haya tratado a un tenue asomo de esperanza de que posiblemente no éramos ni tan bestias ni tan corruptos peor que a mantel de chifa.

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